39- Invierno en la Torre de la Horadada
La foto, invernal, debe de corresponder a algún fin de semana o a la Navidad. Es posible que la publicación que llevo en una mano sea algún ejemplar del Capitán Trueno o del Jabato, en aquellas reediciones de gran formato que aparecían en color. Si es sábado por la tarde estaríamos haciendo tiempo para ir a la misa de San Pedro del Pinatar, donde un cura rechoncho, muy pintoresco y entrañable, daba la homilía subido en el púlpito y hablaba indefectiblemente de la amenaza latente de la bomba atómica, que podía estallar en cualquier momento (eran los años álgidos de la Guerra Fría). Tras estas admoniciones, mi padre nos llevaba de tapeo por alguno de los buenos bares que había cerca de la iglesia. Luego, recién cenados, regresábamos a casa a tiempo de ver cómo sonaba en la tele una música de banjo y ardía un mapa, lo cual quería decir que comenzaba un nuevo episodio de la serie Bonanza.
Esa foto, por otra parte, refleja con fidelidad las costumbres familiares de aquellos años en que solíamos pasar los fines de semana del invierno en la playa. Así, nada más terminar la clase del viernes por la tarde, el maletero del coche se llenaba con lo necesario para pasar esos días lejos de Murcia y ya de noche vislumbrábamos a lo lejos las luces de la localidad costera. Eran esas unas jornadas de juegos al aire libre, de calles solitarias sin asfaltar ofrecidas en exclusiva para nuestras bicicletas, de balonazos y porterías con dos piedras en los descampados que tanto abundaban y de anocheceres muy tempranos con tebeos y programas de televisión.
El pueblo estaba prácticamente desierto, apenas permanecía gente del verano a esas alturas del año. Eso propició entablar amistades que se mantuvieron durante mucho tiempo con muchachos que venían del vecino Pilar de la Horadada atraídos por el reclamo de los partidos de fútbol. Y a la vez, suponía también sociabilizar con personas de ambientes muy distintos a los de los veraneantes murcianos. Eran años en los que dicha localidad alicantina presentaba una apariencia muy diferente a la de ahora, como sucede en realidad con muchas otras poblaciones. No se percibía aún su actual cosmopolitismo, ni su progresivo desarrollo económico, con el turismo como buque insignia. Era un pueblo pequeño, más ruralizado y con un marcado carácter agrícola, que aún pertenecía al ayuntamiento de Orihuela. Ya digo, en esos inviernos de playa abandonada y desierta forjamos amistades entrañables con aquellos muchachos pilareños que aparecían por la Torre de la Horadada en sus bicis y motocicletas atraídos por el gusanillo del fútbol.
La tradición de los encuentros futboleros de los fines de semana se mantuvo durante muchos años. Se organizaban éstos de manera informal, íbamos vestidos de calle y jugábamos en cualquier solar abandonado que tuviéramos a mano. Cuando llegaba la primavera y las tardes se alargaban, aumentaba la animación y más gente se sumaba a estas pachangas. En cierta ocasión hubo una anécdota que refleja el gancho de aquellos partidillos. Durante una tarde de sábado, allá por el mes de mayo, mientras corríamos detrás del balón en un descampado que había en una calle que llevaba a la plaza del pueblo, desierta y de tierra, pasó una camioneta de reparto de gaseosas o algún otro tipo de refresco. El joven que la conducía frenó y se detuvo a contemplar las incidencias del juego. Al cabo de unos momentos se bajó y nos preguntó si podía jugar un rato con alguno de los dos equipos. Como aquellas sesiones futboleras eran de una informalidad absoluta, le dijimos que no había inconveniente. Nos reorganizamos y poco después corría detrás de la pelota como nosotros. A los 20 o 25 minutos miró su reloj, le dio un ataque de responsabilidad y nos comunicó que debía seguir con su reparto. Lo bueno es que como su ruta habitual coincidía con esa zona, todos los sábados, durante una buena temporada, aparecía en medio de los partidos y se sumaba a ellos durante una media hora para seguir a continuación con la entrega de refrescos.
Por lo demás, aquellos fines de semana invernales y de playa son parte del tiempo familiar más inmortalizado por las viejas fotos en blanco y negro que hacía mi padre con una máquina fotográfica que yo recuerdo ahora recubierta de cuero marrón. Al llegar a Murcia había que llevar los negativos a Orga para, al cabo de unos días, contemplar ese tiempo detenido que quedaba para el recuerdo. Como el de esa foto con mi hermano Guillermo que ha dado pie a estas líneas.
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