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El Bazar Murciano
La infancia es la verdadera patria, según decía el poeta Rilke. Si eso es así, para varias generaciones de niños de Murcia el Bazar Murciano fue parte de ese inocente territorio.
Mis
primeras ilusiones, parte de mis iniciales deslumbramientos infantiles los
asocio a esa tienda cuyo piso estaba un poco más bajo que el suelo de la
Platería (lo que daba la impresión de que entrabas en un mundo aparte), con
antiguos mostradores de madera y cristal en cuyos cajones uno intuía la
existencia de pequeñas maravillas. Eran las impresiones de un niño que acababa
de abrir los ojos a ese mundo de los serios y misteriosos mayores, con sus
altos e incomprensibles asuntos.
Desconozco
si en otras ciudades habría alguna juguetería con el mismo poder de fascinación
que para los infantes de esta tierra tenía el Bazar Murciano. Sería la calidez
de las luces, el talante de los empleados, cómo estaban dispuestos los juguetes..., el caso es que para los más pequeños de la ciudad entrar en esa
tienda era adentrarse en un ámbito mágico que nunca olvidarían. Y no cabían más
unanimidades en torno a ese entrañable establecimiento. Desde los más aplicados
a los más díscolos, desde los más pequeños a los que iban para zangolotinos y
se resistían a abandonar la niñez, todos compartían la misma mirada hacia aquel
rincón lleno de sueños infantiles. Por eso ahora, de mayores, tenemos
mitificado aquel baluarte del pequeño comercio murciano de la época, barrido
años después por las grandes superficies.
Todavía
puedo recordar cómo conforme se acercaba la Navidad todo allí iba entrando en
efervescencia hasta la apoteosis final de la Noche de Reyes (Papá Noel ni
estaba ni se le esperaba). Sus Majestades, en su itinerario desde Oriente,
completaban sus listas de regalos, sus peticiones más escogidas, en este mítico
bazar mientras sus camellos se reponían del largo viaje con manojos de alfalfa
recogidos en pequeños zapatos.
Pero
uno iba creciendo y modulando la visión de los primeros y tiernos años. Aunque
ya no cabía el deslumbramiento de los juguetes, comprábamos con mucha ilusión
camisetas para equipar al pequeño club de fútbol que habíamos formado algunos
adolescentes en los veranos de la Torre de la Horadada. En aquellos tiempos en
que todavía no se intuía el "usar y tirar", recurrentemente
llevábamos allí nuestro balón de reglamento para que nos lo remendaran. Siempre
se encargaba de esta gestión un empleado muy amable de cara pálida y pelo entre
castaño y rojizo, peinado pulcramente con brillantina.. También nos vendía cremas para curtir ese esférico recién
reparado al que todavía le quedaban muchos años de vida después de tales cuidados
y atenciones.
Mas
el tiempo fue pasando, atrás quedaron la infancia y la adolescencia, la vida
salió al encuentro, como decía aquel escritor de la época, llegaron las grandes
superficies, China entró en la Organización Mundial del Comercio, la Ronda
Uruguay bajó drásticamente los porcentajes arancelarios y nuevos paradigmas
modificaron los enfoques comerciales y lúdicos de muchas cosas.
A pesar de todo, en un rincón de nuestra memoria quedó para siempre el recuerdo de aquella pequeña patria infantil.
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