viernes, 16 de enero de 2026

25- El Bazar Murciano

25- El Bazar Murciano

 La infancia es la verdadera patria, según decía el poeta Rilke. Si eso es así, para varias generaciones de niños de Murcia el Bazar Murciano fue parte de ese inocente territorio.

 Mis primeras ilusiones, parte de mis iniciales deslumbramientos infantiles los asocio a esa tienda cuyo piso estaba un poco más bajo que el suelo de la Platería (lo que daba la impresión de que entrabas en un mundo aparte), con antiguos mostradores de madera y cristal en cuyos cajones uno intuía la existencia de pequeñas maravillas. Eran las impresiones de un niño que acababa de abrir los ojos a ese mundo de los serios y misteriosos mayores, con sus altos e incomprensibles asuntos. 

Desconozco si en otras ciudades habría alguna juguetería con el mismo poder de fascinación que para los infantes de esta tierra tenía el Bazar Murciano. Sería la calidez de las luces, el talante de los empleados, cómo estaban dispuestos los juguetes..., el caso es que para los más pequeños de la ciudad entrar en esa tienda era adentrarse en un ámbito mágico que nunca olvidarían. Y no cabían más unanimidades en torno a ese entrañable establecimiento. Desde los más aplicados a los más díscolos, desde los más pequeños a los que iban para zangolotinos y se resistían a abandonar la niñez, todos compartían la misma mirada hacia aquel rincón lleno de sueños infantiles. Por eso ahora, de mayores, tenemos mitificado aquel baluarte del pequeño comercio murciano de la época, barrido años después por las grandes superficies.

 Todavía puedo recordar cómo conforme se acercaba la Navidad todo allí iba entrando en efervescencia hasta la apoteosis final de la Noche de Reyes (Papá Noel ni estaba ni se le esperaba). Sus Majestades, en su itinerario desde Oriente, completaban sus listas de regalos, sus peticiones más escogidas, en este mítico bazar mientras sus camellos se reponían del largo viaje con manojos de alfalfa recogidos en pequeños zapatos. 

Pero uno iba creciendo y modulando la visión de los primeros y tiernos años. Aunque ya no cabía el deslumbramiento de los juguetes, comprábamos con mucha ilusión camisetas para equipar al pequeño club de fútbol que habíamos formado algunos adolescentes en los veranos de la Torre de la Horadada. En aquellos tiempos en que todavía no se intuía el "usar y tirar", recurrentemente llevábamos allí nuestro balón de reglamento para que nos lo remendaran. Siempre se encargaba de esta gestión un empleado muy amable de cara pálida y pelo entre castaño y rojizo, peinado pulcramente con brillantina.. También nos vendía cremas para curtir ese esférico recién reparado al que todavía le quedaban muchos años de vida después de tales cuidados y atenciones. 

Mas el tiempo fue pasando, atrás quedaron la infancia y la adolescencia, la vida salió al encuentro, como decía aquel escritor de la época, llegaron las grandes superficies, China entró en la Organización Mundial del Comercio, la Ronda Uruguay bajó drásticamente los porcentajes arancelarios y nuevos paradigmas modificaron los enfoques comerciales y lúdicos de muchas cosas.  

A pesar de todo, en un rincón de nuestra memoria quedó para siempre el recuerdo de aquella pequeña patria infantil. 

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