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Un callejero para recuperar lo que el olvido borra
En el cruce de las calles Doctor Marañón y Escultor Roque López hay actualmente tres edificios que ocupan, junto a lo que constituye la vía pública, el espacio donde se ubicaba el Huerto familiar de mis abuelos. A mitad de los 60 se urbanizó la zona y se construyeron los mencionados bloques que se llaman Loac, Luyma-I y Luyma-II respectivamente, en memoria de Luisa y Mariano, madre y padre de mi progenitor.
Yo
llegué a conocer todo ese entorno previo s su urbanización y aún lo recuerdo, aunque muy lejanamente
porque ese pequeño rincón huertano enclavado en lo que ahora es el centro de la
ciudad desapareció cuando yo tenía unos siete u ocho años.
La
Murcia de entonces giraba para mí en torno a un triángulo cuyos vértices eran
el domicilio familiar en Pasos de Santiago, el Colegio Marista de La Sucursal
en la Gran Vía y el Huerto. (Le llamábamos así, "el Huerto", con
mayúscula).
Todo
este territorio era excéntrico a la ciudad, eran casi las afueras porque Murcia
tenía un casco urbano histórico pequeño, asediado, cuando no invadido, por
bancales y acequias. Recuerdo el terreno que ahora ocupa el Corte Inglés
de Avenida de la Libertad lleno de caballones de lechugas y, junto a él, todos los solares despoblados, salpicados de arbustos y vinagrillos que iban
apareciendo conforme te acercabas desde allí al antiguo Convento de
Reparadoras. Ese era uno de los itinerarios entre dos de los puntos de ese
triángulo vital.
Pero había otro enclave de referencia para mí
algo más alejado, en la Calle Pascual, junto al estudio de fotografía de Orga,
a espaldas de la Plaza de las Flores. Era el negocio familiar, la sastrería que
fundó mi abuelo Mariano. Ocupaba un primer piso, justo encima de una tienda de
ropa de moda, también de la familia. Enfrente se encontraban los almacenes Coy.
Esa
Murcia que quedó al otro lado de la recién inaugurada Gran Vía era parte del hábitat de mi niñez. Calles y plazoletas con sabor popular y una
vida intensa que se sustanciaba en bares con fama de tener buena y fresca cerveza con tapas típicas de la casa, algún
ciego que publicitaba con voz rota en su esquina la "niña bonita" o
las "mamellas", comercios con nombres imaginativos, peluquerías,
floristerías, obradores, etc. donde se captaba el latido más genuino y
auténtico de la ciudad.
Nos
convidábamos en la Tapa o el Rhin (esas cañas, ese bolito para el zagal, esos
caballitos...); íbamos a pelarnos a una barbería que ocupaba un entresuelo en
la plaza de San Pedro cuyo dueño, Pencho, tenía un pequinés listísimo y muy
bien enseñado, (yo creo que el maestro Pepe Garre no había desembarcado aún por
la zona); comprábamos luego pasteles de carne en Bonache; conocíamos además a
muchos de los comerciantes de aquel entorno con los que la familia, además de
compartir oficio, tenía amistades entrañables. (Me acuerdo ahora de
Luis Oñate, gran amigo de mi padre y de mis tíos).
En ese ámbito fue donde yo comencé a descubrir el sabor de las calles de una Murcia intemporal y auténtica, que no necesitaba carnéts oficiales de murcianía para mostrarse en toda su pureza, sin necesidad de que nadie tuviera que levantar acta ni preservar ningún legado costumbrista, porque entonces éste se hallaba vivo y palpitante. Y todo ello con la curiosidad y la mirada que sólo dan los pocos años.
Después de cruzar el Puente Viejo, tras santiguarse uno ante la Virgen de los Peligros, se entraba ya en un territorio con características propias y sabor a barrio histórico. Era otra Murcia, la del otro lado del río, la Murcia carmelitana, con su típica idiosincrasia y su particular ecosistema. Para mí era casi el extranjero. Hasta que mis primos se trasladaron a vivir durante algunos años al Barrio del Carmen, cerca del Rollo, y comencé a frecuentar la zona.
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