martes, 23 de diciembre de 2025

2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia

 2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia

  En un cruce de la calle Acisclo Díaz, haciendo esquina y adosada a las tapias de la antigua Fábrica de la Pólvora, hay una mínima capilla, la Ermita del Salitre, que podríamos considerar como uno de los pasos de un Viacrucis que, siglos atrás, arrancaría de la Iglesia de San Miguel para discurrir luego por esa arteria cuyo nombre hace referencia a una de aquellas antiguas devociones: los Pasos de Santiago.   Yo nací y pasé mi infancia en una vivienda de esa misma calle, sometida entonces a un tráfico minimalista que se sustanciaba de vez en cuando con algún seiscientos, algún isocarro e incluso alguna carreta tirada por un burro que transportaba barras de hielo llenas de pipas para las rudimentarias neveras de entonces.

 Justo a la izquierda de mi portal había un bajo diminuto ocupado por dos hermanos tapiceros. Al pasar por allí observábamos cómo trabajaban forrando sillas mientras sonaba la radio. Con la inevitable curiosidad infantil, a veces nos daba por entrar en aquel pequeño recinto. Lo que más me llamaba la atención era que las púas las guardaban en la boca mientras hacían su labor y se las iban sacando poco a poco, según las fueran necesitando. Y mientras, hablaban como si tal cosa. Cuando menos te lo esperabas, escupían una púa y se ponían a dar martillazos.

   Había también un personaje que llevaba a cabo su trabajo diario en una acera de esa misma calle, a la vista de quien pasara por allí.  Juan se llamaba, “Juan el pintor”. Era un hombre al que recuerdo siempre próximo a la jubilación, si no la había sobrepasado ya, cuyo oficio consistía en pintar carteles comerciales. Con abundante pelo blanco, bajo y retaco, vestido con un mono azul, ejecutaba su obra con una minuciosidad   y una lentitud propias de un monje que pintara una miniatura. Era una dinámica de trabajo propia de tiempos menos competitivos, de tiempos no marcados, como los actuales, por la obsesión de la productividad. Su esposa se llamaba María. Siempre andaba por allí, haciendo compañía a su marido y charlando con los vecinos. Mujer muy agradable y campechana, menuda y rechoncha, era la portera de un inmueble cercano.  

   Nosotros habitábamos un edificio de tres pisos sin ascensor, con una sola puerta por planta. En el primero vivía un matrimonio formado por un abogado muy afable que fumaba en pipa y una mujer sevillana, de tez morena, extrovertida y con marcado acento de su tierra. Tenían una única hija, María Rosario, delgada, de piel muy blanca, pelo negro muy liso, con algún año más que yo, no muchos, y a la que casi siempre recuerdo vistiendo el uniforme de su colegio, de Jesús-María.  

   Mi familia residía en el segundo y el tercero lo habitaba una señora mayor, menuda, delgada y con el pelo blanco, que se llamaba doña Caridad. Vivía sola y su hijo iba a visitarla diariamente junto con algún nieto.

En el edificio había también un terrado muy espacioso desde el que se vislumbraban los jardines de la Fábrica de la Pólvora. Aún conservo muy vivo el recuerdo de mi madre después de la colada, tendiendo allí la ropa en días muy soleados.

 El piso en sí respondía a los cánones arquitectónicos de aquellos tiempos. Un largo pasillo, tras el inevitable recibidor, en torno al cual se articulaba todo el plano de la vivienda.

 En esa calle y en ese barrio que giraba en torno a la iglesia de San Miguel permanecen mis primeros descubrimientos de la Murcia de entonces. Era un territorio que llegaba hasta la calle Santa Teresa, con la Antoñica y los Ultramarinos de Matías Ros como puntos de referencia, junto con la panadería  Carlos, ya en el arranque de la calle Sagasta, donde comprábamos panecillos y vienas por la mañana temprano para el almuerzo de los recreos. En el pequeño callejón que comunicaba  Santa Teresa con Acisclo Díaz, a espaldas de la iglesia, se encontraba la tienda del "tío Faroles" y la Josefa, un comercio muy rudimentario  donde recuerdo ver jaulas con conejos vivos, cajas de gaseosa y sifones y recipientes con alfalfa, de la que usábamos la noche de Reyes para dar de comer a los camellos de Sus Majestades. 

Esa calle Acisclo Díaz era la  travesía que seguíamos hasta llegar al colegio de los Maristas de la Gran Vía.  Al recorrer aquel trayecto diario para ir a clase pasábamos junto al edificio de los Nueve Pisos, el lateral de la citada iglesia de San Miguel, la Misericordia y el Manicomio.  

En el bloque de los Nueve Pisos, por cierto, vivía un compañero del colegio, Ángel López del Hierro. Tenía un perro que me recordaba al Milú de Tintín y era asiduo, junto con otros amigos, de los juegos que organizábamos en aquellos solares y descampados que iban desde los Pasos de Santiago hasta lo que ahora es el Corte Inglés.

Estas son algunas de las escenas e imágenes que recuerdo al cabo de tanto años, unas imágenes que me remiten a un tiempo que ahora me parece irreal, como si perteneciese a otra vida.

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2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia

 En un cruce de la calle Acisclo Díaz, haciendo esquina y adosada a las tapias de la antigua Fábrica de la Pólvora, hay una mínima capilla, la Ermita del Salitre, que podríamos considerar como uno de los pasos de un Viacrucis que, siglos atrás, arrancaría de la Iglesia de San Miguel para discurrir luego por una arteria cuyo nombre hace referencia a una de aquellas antiguas devociones: los Pasos de Santiago.   Yo nací y pasé mi infancia en una vivienda de esa tranquila vía, sometida entonces a un tráfico minimalista que se sustanciaba de vez en cuando con el tránsito de algún seiscientos, gordini, milquinientos o incluso algún isocarro, cuando no pasaba también alguna carreta tirada por un burro que transportaba barras de hielo llenas de pipas para las rudimentarias neveras de entonces.

 Justo a la izquierda de mi portal había un bajo diminuto ocupado por dos hermanos tapiceros. Al pasar por allí observábamos cómo trabajaban forrando sillas mientras sonaba la radio. Con la inevitable curiosidad infantil, a veces nos daba por entrar en aquel pequeño recinto. Lo que más me llamaba la atención era que las púas las guardaban en la boca mientras hacían su labor y se las iban sacando poco a poco, según las fueran necesitando. Y mientras, hablaban como si tal cosa. Cuando menos te lo esperabas, escupían una púa y se ponían a dar martillazos.

   Había también un personaje que llevaba a cabo su faena diaria en una acera de esa misma calle, a la vista de quien pasara por allí.  Juan, así se llamaba, “Juan el pintor”. Era un hombre al que recuerdo siempre próximo a la jubilación, si no la había sobrepasado ya, cuyo oficio consistía en pintar carteles comerciales. Con abundante pelo blanco, bajo y retaco, vestido con un mono azul, ejecutaba su obra con una minuciosidad   y una lentitud propias de un monje que pintara una miniatura. Era una dinámica de trabajo propia de tiempos menos competitivos, de tiempos no marcados, como los actuales, por la obsesión de la productividad. Su esposa se llamaba María. Siempre andaba por allí, haciendo compañía a su marido y charlando con los vecinos. Mujer muy agradable, menuda y rechoncha también, era la portera de un inmueble cercano.  

   Nosotros habitábamos un edificio de tres pisos sin ascensor, con una sola puerta por planta. En el primero vivía un matrimonio formado por un abogado muy afable que fumaba en pipa y una mujer sevillana, de tez morena, extrovertida y con marcado acento de su tierra. Tenían una única hija, María Rosario, delgada, de piel muy blanca, pelo negro muy liso, con algún año más que yo, no muchos, y a la que casi siempre recuerdo vistiendo el uniforme de su colegio, de Jesús-María.  

   Mi familia residía en el segundo y el tercero lo habitaba una señora mayor, menuda, delgada y con el pelo blanco, que se llamaba doña Caridad. Vivía sola y su hijo iba a visitarla diariamente junto con algún nieto.

En el edificio había también un terrado muy espacioso donde se tendía la ropa. Aún conservo muy vivo el recuerdo de mi madre después de la colada, bajo un sol radiante, colgando en las cuerdas sábanas, camisas, toallas, etc.

 El piso en sí respondía a los cánones arquitectónicos de aquellos tiempos. Un largo pasillo, tras el inevitable recibidor, en torno al cual se articulaba todo el plano de la vivienda.

Siendo yo un quinceañero nos trasladamos de vivienda, por lo que todos los recuerdos que tengo de aquel hogar de los Pasos de Santiago quedan ya muy lejanos. En esa calle y en ese barrio que giraba en torno a la iglesia de San Miguel duermen mis primeros descubrimientos de la Murcia de entonces. Era un territorio que llegaba hasta la calle Santa Teresa, con la Antoñica y los Ultramarinos de Matías Ros como puntos de referencia, junto con la panadería Carlos, ya en el arranque de la calle Sagasta, donde comprábamos panecillos y vienas por la mañana temprano para el almuerzo de los recreos. En el pequeño callejón que comunicaba Santa Teresa con Acisclo Díaz, a espaldas de la iglesia, se encontraba la tienda del "tío Faroles" y la Josefa, un comercio muy rudimentario donde recuerdo ver jaulas con conejos vivos, cajas de gaseosa y sifones y recipientes con alfalfa, de la que usábamos la noche de Reyes para dar de comer a los camellos de Sus Majestades. 

Esa calle Acisclo Díaz era la travesía que seguíamos hasta llegar al colegio de los Maristas de la Gran Vía.  Al recorrer ese trayecto diario para ir a clase pasábamos junto al edificio de los Nueve Pisos, el lateral de la citada iglesia, la Misericordia y el Manicomio.  

 En el bloque de los Nueve Pisos, por cierto, vivía un compañero del colegio, Ángel López del Hierro. Tenía un perro que me recordaba al Milú de Tintín y era asiduo, junto con otros amigos, de los juegos que organizábamos en aquellos solares y descampados que iban desde los Pasos de Santiago al actual Corte Inglés.

Estas son algunas de las escenas e imágenes que recuerdo al cabo de tanto años, unas imágenes que me remiten a un tiempo que ahora me parece irreal, como si perteneciese a otra vida.


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