2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia
Justo a la izquierda de mi portal había un
bajo diminuto ocupado por dos hermanos tapiceros. Al pasar por allí
observábamos cómo trabajaban forrando sillas mientras sonaba la radio. Con la
inevitable curiosidad infantil, a veces nos daba por entrar en aquel pequeño
recinto. Lo que más me llamaba la atención era que las púas las
guardaban en la boca mientras hacían su labor y se las iban sacando poco a
poco, según las fueran necesitando. Y mientras, hablaban como si tal cosa.
Cuando menos te lo esperabas, escupían una púa y se ponían a dar martillazos.
Había
también un personaje que llevaba a cabo su trabajo diario en una acera de esa
misma calle, a la vista de quien pasara por allí. Juan se llamaba, “Juan
el pintor”. Era un hombre al que recuerdo siempre próximo a la jubilación, si
no la había sobrepasado ya, cuyo oficio consistía en pintar carteles
comerciales. Con abundante pelo blanco, bajo y retaco, vestido con un mono
azul, ejecutaba su obra con una minuciosidad y una lentitud
propias de un monje que pintara una miniatura. Era una dinámica de trabajo
propia de tiempos menos competitivos, de tiempos no marcados, como los
actuales, por la obsesión de la productividad. Su esposa se llamaba María.
Siempre andaba por allí, haciendo compañía a su marido y charlando con los
vecinos. Mujer muy agradable y campechana, menuda y rechoncha, era la portera de un
inmueble cercano.
Nosotros habitábamos un edificio de tres pisos sin ascensor, con una sola puerta por planta. En el primero vivía un matrimonio formado por un abogado muy afable que fumaba en pipa y una mujer sevillana, de tez morena, extrovertida y con marcado acento de su tierra. Tenían una única hija, María Rosario, delgada, de piel muy blanca, pelo negro muy liso, con algún año más que yo, no muchos, y a la que casi siempre recuerdo vistiendo el uniforme de su colegio, de Jesús-María.
Mi familia residía en el segundo y el tercero lo habitaba una señora mayor, menuda, delgada y con el pelo blanco, que se llamaba doña Caridad. Vivía
sola y su hijo iba a visitarla diariamente junto con algún nieto.
En
el edificio había también un terrado muy espacioso desde el que se vislumbraban los jardines de la Fábrica de la Pólvora. Aún
conservo muy vivo el recuerdo de mi madre después de la colada, tendiendo allí la ropa en días muy soleados.
El piso en sí respondía a los cánones
arquitectónicos de aquellos tiempos. Un largo pasillo, tras el inevitable
recibidor, en torno al cual se articulaba todo el plano de la vivienda.
En esa calle y en ese barrio que giraba en torno a la iglesia de San Miguel permanecen mis primeros descubrimientos de la Murcia de entonces. Era un territorio que llegaba hasta la calle Santa Teresa, con la Antoñica y los Ultramarinos de Matías Ros como puntos de referencia, junto con la panadería Carlos, ya en el arranque de la calle Sagasta, donde comprábamos panecillos y vienas por la mañana temprano para el almuerzo de los recreos. En el pequeño callejón que comunicaba Santa Teresa con Acisclo Díaz, a espaldas de la iglesia, se encontraba la tienda del "tío Faroles" y la Josefa, un comercio muy rudimentario donde recuerdo ver jaulas con conejos vivos, cajas de gaseosa y sifones y recipientes con alfalfa, de la que usábamos la noche de Reyes para dar de comer a los camellos de Sus Majestades.
Esa calle Acisclo Díaz era la travesía que seguíamos hasta llegar al colegio de los Maristas de la Gran Vía. Al recorrer aquel trayecto diario para ir a clase pasábamos junto al edificio de los Nueve Pisos, el lateral de la citada iglesia de San Miguel, la Misericordia y el Manicomio.
En el bloque de los Nueve Pisos, por cierto, vivía un compañero del colegio, Ángel López del Hierro. Tenía un perro que me recordaba al Milú de Tintín y era asiduo, junto con otros amigos, de los juegos que organizábamos en aquellos solares y descampados que iban desde los Pasos de Santiago hasta lo que ahora es el Corte Inglés.
Estas son algunas de las escenas e imágenes que recuerdo al cabo de tanto años, unas imágenes que me remiten a un tiempo que ahora me parece irreal, como si perteneciese a otra vida.
.........
2- La calle
Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia
Justo a la
izquierda de mi portal había un bajo diminuto ocupado por dos hermanos
tapiceros. Al pasar por allí observábamos cómo trabajaban forrando sillas
mientras sonaba la radio. Con la inevitable curiosidad infantil, a veces nos
daba por entrar en aquel pequeño recinto. Lo que más me llamaba la
atención era que las púas las guardaban en la boca mientras hacían su
labor y se las iban sacando poco a poco, según las fueran necesitando. Y
mientras, hablaban como si tal cosa. Cuando menos te lo esperabas, escupían una
púa y se ponían a dar martillazos.
Había
también un personaje que llevaba a cabo su faena diaria en una acera de esa
misma calle, a la vista de quien pasara por allí. Juan, así se llamaba,
“Juan el pintor”. Era un hombre al que recuerdo siempre próximo a la jubilación,
si no la había sobrepasado ya, cuyo oficio consistía en pintar carteles
comerciales. Con abundante pelo blanco, bajo y retaco, vestido con un mono
azul, ejecutaba su obra con una minuciosidad y una lentitud
propias de un monje que pintara una miniatura. Era una dinámica de trabajo
propia de tiempos menos competitivos, de tiempos no marcados, como los
actuales, por la obsesión de la productividad. Su esposa se llamaba María.
Siempre andaba por allí, haciendo compañía a su marido y charlando con los
vecinos. Mujer muy agradable, menuda y rechoncha también, era la portera de un
inmueble cercano.
Nosotros habitábamos un edificio de tres pisos sin ascensor, con una sola
puerta por planta. En el primero vivía un matrimonio formado por un abogado muy
afable que fumaba en pipa y una mujer sevillana, de tez morena,
extrovertida y con marcado acento de su tierra. Tenían una única hija, María
Rosario, delgada, de piel muy blanca, pelo negro muy liso, con algún año más
que yo, no muchos, y a la que casi siempre recuerdo vistiendo el uniforme de
su colegio, de Jesús-María.
Mi
familia residía en el segundo y el tercero lo habitaba una señora mayor,
menuda, delgada y con el pelo blanco, que se llamaba doña Caridad. Vivía sola y
su hijo iba a visitarla diariamente junto con algún nieto.
En el edificio
había también un terrado muy espacioso donde se tendía la ropa. Aún conservo
muy vivo el recuerdo de mi madre después de la colada, bajo un sol radiante,
colgando en las cuerdas sábanas, camisas, toallas, etc.
El piso en
sí respondía a los cánones arquitectónicos de aquellos tiempos. Un largo
pasillo, tras el inevitable recibidor, en torno al cual se articulaba todo el
plano de la vivienda.
Siendo yo un
quinceañero nos trasladamos de vivienda, por lo que todos los recuerdos que
tengo de aquel hogar de los Pasos de Santiago quedan ya muy lejanos. En esa
calle y en ese barrio que giraba en torno a la iglesia de San Miguel duermen
mis primeros descubrimientos de la Murcia de entonces. Era un territorio que
llegaba hasta la calle Santa Teresa, con la Antoñica y los Ultramarinos de
Matías Ros como puntos de referencia, junto con la panadería Carlos,
ya en el arranque de la calle Sagasta, donde comprábamos panecillos y vienas
por la mañana temprano para el almuerzo de los recreos. En el pequeño
callejón que comunicaba Santa Teresa con Acisclo Díaz, a espaldas de la
iglesia, se encontraba la tienda del "tío Faroles" y la Josefa, un comercio
muy rudimentario donde recuerdo ver jaulas con conejos vivos, cajas de gaseosa
y sifones y recipientes con alfalfa, de la que usábamos la noche de Reyes para
dar de comer a los camellos de Sus Majestades.
Esa calle Acisclo
Díaz era la travesía que seguíamos hasta llegar al colegio de los Maristas de
la Gran Vía. Al recorrer ese trayecto diario para ir a clase pasábamos
junto al edificio de los Nueve Pisos, el lateral de la citada iglesia, la
Misericordia y el Manicomio.
En el bloque de los Nueve Pisos, por cierto,
vivía un compañero del colegio, Ángel López del Hierro. Tenía un perro que me
recordaba al Milú de Tintín y era asiduo, junto con otros amigos, de los juegos
que organizábamos en aquellos solares y descampados que iban desde los Pasos de
Santiago al actual Corte Inglés.
Estas son algunas
de las escenas e imágenes que recuerdo al cabo de tanto años, unas imágenes que
me remiten a un tiempo que ahora me parece irreal, como si perteneciese a otra
vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario