10- Tinas y duchas. (Por falta de higiene no sería)
Este
último era propio de los días festivos. Está claro que el umbral de
sensibilidad de las pituitarias de aquellos inolvidables tiempos era mucho más
alto. No sé cómo llevaríamos ahora lo de compartir de continuos ambientes
cerrados con quienes tenían entonces como única práctica de aseo la dominical
inmersión en la tina.
Pero
ahora, algunos expertos en medicina alertan de que nos pasamos de limpios y por
causa del actual exceso de higiene nuestro sistema inmunológico se está
desquiciando. Parece ser que cada vez hay más alergias y enfermedades
autoinmunes. Cualquiera sabe.
(En
la Europa medieval estaba mal visto bañarse y había muy poco aseo corporal. Se
pensaba entonces que las enfermedades se propagaban por el aire mediante unos
elementos llamados miasmas. Según la creencia de los físicos y cirujanos de
aquellos oscuros y también luminosos siglos, el agua caliente abría los poros
de la piel y facilitaba la entrada de los agentes infecciosos. Cuanto menos se
lavase la gente, más protegida estaría contra esas epidemias que provocaban
tanta mortandad.)
En
los cuartos de baño de los 60 podías encontrar, entre otras muchas cosas,
alguna cuchilla marca "palmera" con la brocha y la crema de afeitar
para hacer espuma (¿cuándo la podría usar, pensaba yo, aunque sólo fuera para
la incipiente sombra del bigote?), pasta dentífrica Licor del Polo, loción
Varón Dandy, perfumes de mujer de la marca Myrurgia, rollos de papel higiénico
El Elefante para rudas epidermis, alguna "pera" guardada en un cajón,
por si el vientre se volvía de cemento armado, y colonia comprada a granel en
la droguería con la que nos peinaban nuestras madres antes de salir a la calle.
En
fin, eran otros tiempos, otras costumbres. Quizá no éramos tan higiénicos como
ahora pero el aire era más puro y disfrutábamos de las estaciones. Y, como
diría Serrat, las manzanas todavía tenían olor.
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