martes, 23 de diciembre de 2025

10- Tinas y duchas. (Por falta de higiene no sería)

 10- Tinas y duchas. (Por falta de higiene no sería)

 Yo llegué a conocer los tiempos en que la ducha era el colmo de la modernidad, algo propio de una minoría de personas que estaban a la última. El aseo principal de la gente consistía en una inmersión en la tina o bañera, con pastilla de jabón y áspera esponja, hasta que, después de rascar y rascar la piel, el agua adquiriera aquel color oscuro que tanto nos llamaba la atención y que certificaba la falta que teníamos ya de lavarnos. Y ese baño, con un ceremonial mucho más aparatoso que la funcional ducha, no era, obviamente, práctica diaria para la mayor parte del personal. Los más higiénicos puede que se enjabonaran las axilas en el lavabo y se asearan en el bidet los bajos fondos para mantener la higiene entre baño semanal y baño semanal. 

Este último era propio de los días festivos. Está claro que el umbral de sensibilidad de las pituitarias de aquellos inolvidables tiempos era mucho más alto. No sé cómo llevaríamos ahora lo de compartir de continuos ambientes cerrados con quienes tenían entonces como única práctica de aseo la dominical inmersión en la tina. 

Pero ahora, algunos expertos en medicina alertan de que nos pasamos de limpios y por causa del actual exceso de higiene nuestro sistema inmunológico se está desquiciando. Parece ser que cada vez hay más alergias y enfermedades autoinmunes. Cualquiera sabe. 

(En la Europa medieval estaba mal visto bañarse y había muy poco aseo corporal. Se pensaba entonces que las enfermedades se propagaban por el aire mediante unos elementos llamados miasmas. Según la creencia de los físicos y cirujanos de aquellos oscuros y también luminosos siglos, el agua caliente abría los poros de la piel y facilitaba la entrada de los agentes infecciosos. Cuanto menos se lavase la gente, más protegida estaría contra esas epidemias que provocaban tanta mortandad.) 

 En los cuartos de baño de los 60 podías encontrar, entre otras muchas cosas, alguna cuchilla marca "palmera" con la brocha y la crema de afeitar para hacer espuma (¿cuándo la podría usar, pensaba yo, aunque sólo fuera para la incipiente sombra del bigote?), pasta dentífrica Licor del Polo, loción Varón Dandy, perfumes de mujer de la marca Myrurgia, rollos de papel higiénico El Elefante para rudas epidermis, alguna "pera" guardada en un cajón, por si el vientre se volvía de cemento armado, y colonia comprada a granel en la droguería con la que nos peinaban nuestras madres antes de salir a la calle.

 En fin, eran otros tiempos, otras costumbres. Quizá no éramos tan higiénicos como ahora pero el aire era más puro y disfrutábamos de las estaciones. Y, como diría Serrat, las manzanas todavía tenían olor. 

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