martes, 23 de diciembre de 2025

14- La Primera Comunión. La vida cristiana y las crisis de fe

 14- La Primera Comunión. La vida cristiana y las crisis de fe

  Diome la Primera Comunión el obispo Ramón Sanhauja y Marcé, el 27 de mayo de 1965. Este egregio y piadoso prelado apacentaría las ovejas de la Diócesis de Cartagena desde 1950 hasta 1965. Me habían iniciado en la Doctrina las catequesis que nos daban en la sede marista frente a la Sucursal, en un inmueble de una sola planta que hacía esquina entre Gran Vía y Acisclo Díaz, donde ahora  se ubica Cortefiel.

 La noche antes de la ceremonia, y consciente de la trascendencia del día que me esperaba, me prometí a mí mismo estar sereno y no dejarme influir por la emoción ni por los nervios de una jornada tan especial. Así, no me tembló la voz cuando proclamé con firmeza y bien fuerte que renunciaba a las pompas y a las obras del “ángel caído”. Luego, cuando todo terminó, tengo el vivo recuerdo de salir de la capilla con todos los demás y alejarme yo solo, casi escaparme a los patios del colegio de los Maristas de la Merced para aspirar muy profundamente el aire primaveral y sentir una plenitud no conocida hasta entonces.

 Como se estilaba por aquellos tiempos, la celebración fue sencilla y entrañable: unas monas con chocolate con la familia y amigos cercanos, el aliciente de los recordatorios, el disfrute de los regalos, el pedir a todos que me escribieran algunas líneas en mi libro de la Primera Comunión...

 Los años pasaron. Viví mi creencia cristiana con convicción e intenté ser coherente en mi vida personal con esos valores. Todo ello me hizo sentir una gran paz espiritual y una gran serenidad.

 Y luego pasaron más años y llegaron las crisis de fe y el replanteamiento de tantas cosas. A buen seguro que los entrañables catequistas que me iniciaron en la Doctrina tanto tiempo atrás pensarían al verme así que las asechanzas de los tres declarados e incansables enemigos del alma habían dado sus frutos y me habían descarriado del recto camino.

 A veces intento rezar pidiendo a Dios, (si es que existe realmente, pero quién sabe), que me devuelva esa fe de mi juventud. Lo hago empleando el Padrenuestro antiguo. El nuevo ya no llegué a aprenderlo. 

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