14- La Primera Comunión. La vida cristiana y las crisis de fe
La
noche antes de la ceremonia, y consciente de la trascendencia del día que me
esperaba, me prometí a mí mismo estar sereno y no dejarme influir por la
emoción ni por los nervios de una jornada tan especial. Así, no me tembló la
voz cuando proclamé con firmeza y bien fuerte que renunciaba a las pompas y a
las obras del “ángel caído”. Luego, cuando todo terminó, tengo el vivo recuerdo
de salir de la capilla con todos los demás y alejarme yo solo, casi escaparme a
los patios del colegio de los Maristas de la Merced para aspirar muy
profundamente el aire primaveral y sentir una plenitud no conocida hasta
entonces.
Como
se estilaba por aquellos tiempos, la celebración fue sencilla y entrañable:
unas monas con chocolate con la familia y amigos cercanos, el aliciente de los
recordatorios, el disfrute de los regalos, el pedir a todos que me escribieran
algunas líneas en mi libro de la Primera Comunión...
Los
años pasaron. Viví mi creencia cristiana con convicción e intenté ser coherente
en mi vida personal con esos valores. Todo ello me hizo sentir una gran paz
espiritual y una gran serenidad.
Y
luego pasaron más años y llegaron las crisis de fe y el replanteamiento de
tantas cosas. A buen seguro que los entrañables catequistas que me iniciaron en
la Doctrina tanto tiempo atrás pensarían al verme así que las asechanzas de los
tres declarados e incansables enemigos del alma habían dado sus frutos y me
habían descarriado del recto camino.
A
veces intento rezar pidiendo a Dios, (si es que existe realmente, pero quién sabe), que me devuelva esa fe de mi juventud. Lo hago
empleando el Padrenuestro antiguo. El nuevo ya no llegué a aprenderlo.
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