martes, 23 de diciembre de 2025

13- Nostalgia de la caligrafía.

 13- Nostalgia de la caligrafía.

 Todas las mañanas salía de mi casa en la calle Pasos de Santiago, doblaba hacia la izquierda por la esquina de Acisclo Díaz y me encaminaba hacia la Sucursal con mi cartera de material llena de libros de la editorial Edelvives.

   Pongamos que discurre el curso 64/65. Si es así, entonces estoy matriculado en la Segunda, (según la particular terminología del colegio de la Sucursal marista) y mi profesor es don Francisco, seglar en medio de un universo de ensotanados hermanos de dicha congregación mariana.  

   Durante ese año teníamos una hora de caligrafía por las tardes. Toda la logística para llevar a cabo esta actividad consistía en un hueco circular dentro del pupitre en el que se encajaba un tintero de porcelana blanca. Periódicamente nos lo rellenaban de una tinta, llamémosla así, de garrafón, para hacer un símil con la calidad de la bebida que se da en ciertas cantinas.    Añádase a todo esto una serie de adminículos propios de este arte, tales como el papel secante, las plumillas, los plumines, etc.  (Al evocar esas sesiones de caligrafía comprendo ahora, por lo que diré a continuación, lo justificado que estaba el uso del baby).  

 Pues bien, nunca olvidaré aquella tarde en la que, sin saber cómo, me puse de tinta hasta la camiseta. Don Francisco estaba perplejo. Yo creo que el cuaderno hubo que tirarlo y empezar con otro nuevo, de tan emborronado como estaba. No había papel secante en toda Murcia para adsorber tanta tinta. Mi madre supongo que tuvo que trabajar muy duro para lavar aquella ropa, no sé el alcance de las prestaciones de las lavadoras de aquella época, yo creo que hubo de ser más labor de restregar a fondo en la pila. Aunque lo más probable es que se dieran por amortizadas esas prendas procediéndose a su jubilación. 

 Aquella era una época en que la escritura con pluma estaba mucho más extendida que ahora, al menos esa es mi percepción. Me era entonces muy cercano todo ese pequeño mundo que giraba en torno a la tinta Pelikan, a las Montblanc, las Parker y el papel secante. Pero el hecho de practicar la caligrafía escolar mediante plumines o plumillas insertadas en un soporte de madera requería de una técnica algo distinta a la de escribir con una pluma. Porque había que mojar continuamente en el tintero aquel útil de escritura, con el riesgo de no calibrar la cantidad de tinta cargada. No era raro, pues, echar de vez en cuando un aparatoso borrón y tener el papel secante de continuo en la mano. 

Ahora, al recordar aquellas tardes de caligrafía, soy consciente del paso del tiempo y de mi pertenencia a un mundo que va desapareciendo. Porque esa manera de escribir mojando los plumines en aquellos tinteros blancos de porcelana retrotrae a épocas antiguas de escribanías y de manuscritos arcaicos. A tiempos idos de pendolistas que usaban la péndola o péñola bien entintada, esa heredera de la pluma de ave, para redactar documentos con caligrafías artísticas, a escribanos que levantaban actas con un esmerado oficio y precisaban de "recado de escribir" para llevar a cabo su labor.

Yo, de alguna manera, también me inicié en una suerte de modesta escribanía, con algún borrón que otro, en aquellas lejanas tardes caligráficas de la Sucursal. 

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Todas las mañanas salía de mi casa en la calle Pasos de Santiago, doblaba hacia la izquierda por la esquina de Acisclo Díaz y me encaminaba hacia la Sucursal con mi cartera de material llena de libros de la editorial Edelvives.

   Pongamos que discurre el curso 64/65. Si es así, entonces estoy matriculado en la Segunda, (según la particular terminología del colegio de la Sucursal marista) y mi profesor es don Francisco, seglar en medio de un universo de ensotanados hermanos de dicha congregación mariana.  

   Durante ese año teníamos una hora de caligrafía por las tardes. Toda la logística para llevar a cabo esta actividad consistía en un hueco dentro del pupitre en el que se encajaba un tintero de porcelana blanca. Periódicamente nos lo rellenaban de una tinta, llamémosla así, de garrafón, para hacer un símil con la calidad de la bebida que se da en ciertas cantinas.    Añádase a todo esto una serie de adminículos propios de este arte, tales como el papel secante, las plumillas, los plumines, etc.  (Al evocar esas sesiones de caligrafía comprendo ahora, por lo que diré a continuación, lo justificado que estaba el uso del baby).  

 Pues bien, nunca olvidaré aquella tarde en la que, sin saber cómo, me puse de tinta hasta la camiseta. Don Francisco estaba perplejo. Yo creo que el cuaderno hubo que tirarlo y empezar con otro nuevo, de tan emborronado como estaba. No había papel secante en toda Murcia para adsorber tanta tinta. Mi madre supongo que tuvo que trabajar muy duro para lavar aquella ropa, no sé el alcance de las prestaciones de las lavadoras de aquella época, yo creo que hubo de ser más labor de restregar a fondo en la pila. Aunque lo más probable es que se dieran por amortizadas esas prendas procediéndose a su jubilación. 

 Aquella era una época en que la escritura con pluma estaba mucho más extendida que ahora, por lo menos esa es mi percepción. Me era entonces muy cercano todo ese pequeño mundo que giraba en torno a la tinta Pelikan, a las Montblanc, las Parker y el papel secante. Pero el hecho de practicar la caligrafía escolar mediante plumines o plumillas insertadas en un soporte  de madera requería de una técnica algo distinta a la de escribir con una pluma. Porque había que mojar continuamente en el tintero aquel útil de escritura, con el riesgo de no calibrar la cantidad de tinta cargada. No era raro, pues, echar de vez en cuando un aparatoso borrón y tener el papel secante de continuo en la mano. 

Ahora, al recordar aquellas tardes de caligrafía, soy consciente del paso del tiempo y de mi pertenencia a un mundo que va desapareciendo. Porque esa manera de escribir mojando los plumines en aquellos tinteros blancos de porcelana retrotrae a épocas antiguas de escribanías y de manuscritos arcaicos. A tiempos idos de pendolistas que usaban la péndola o péñola bien entintada, esa heredera de la pluma de ave, para redactar documentos con caligrafías artísticas, a escribanos que levantaban actas con un esmerado oficio y precisaban de "recado de escribir" para llevar a cabo su labor.

Yo, de alguna manera, también me inicié en una suerte de modesta escribanía, con algún borrón que otro, en aquellas lejanas tardes caligráficas de la Sucursal. 



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