De usos y costumbres: bolsas de agua caliente, orinales, escupideras, etc.
12- De bolsas de agua caliente, orinales y algunos usos y costumbres
Luego vino un artefacto la mar de moderno que por un tiempo convirtió las bolsas de agua caliente en algo superado. Me refiero a lo que se dio en llamar coloquialmente como calentorines. Por lo menos, con ese nombre los conocíamos en casa. Eran unos aparatos metálicos, con forma cilíndrica y recubiertos por una especie de tela de franela, que se calentaban por medios eléctricos. Tengo de ellos un recuerdo lejanísimo. El caso era combatir el frío de aquella ciudad plantada en medio de la huerta, con toda la humedad imaginable calando los huesos en esas noches invernales en que las sábanas parecían estar empapadas en agua.
Quizá como un atavismo de las primitivas viviendas que tenían los excusados extramuros de sus dominios, en patios, corredores o corrales, bajo la cama siempre había un orinal. Durante la noche no había necesidad de acudir al cuarto de baño para exonerar la vejiga, bastaba con recoger ese recipiente que dormía con nosotros debajo del somier y aliviarse sin apenas haber despertado, casi entre sueños. Como una más de las tareas domésticas del día siguiente, aparte de hacer las camas, había que vaciar los orinales y lavarlos. Estos utensilios eran de uso generalizado, de grandes y pequeños, no se circunscribían sólo a seniors aquejados de patologías prostáticas, todos dormíamos con nuestro orinal bajo el lecho.
¿Y qué decir de la escupidera?, se trataba de otro enser relegado casi a pieza de museo, que mucha gente de ahora verá como un producto de costumbres muy difíciles de entender. Yo llegué a conocerla en mis primeros años. En locales públicos y en los recibidores de las casas podíamos encontrar unos recipientes, generalmente de porcelana ornamentada con motivos muy diversos, colocados en el suelo para que la gente depositara en ellos sus escupitajos. Las escupideras nos remiten a un tiempo de tísicos y fumadores empedernidos (como cualquier varón que se preciara de serlo, entonces todo el mundo fumaba) que gargajeaban de continuo y necesitaban dar salida a tanta secreción bronquial y salivar.
Para las mucosidades nasales teníamos el pañuelo. En un tiempo en el que no se concebía el "usar y tirar", en que todo se reparaba o se reutilizaba, la gente no llevaba kleenex de papel como ahora, sino un pañuelo. Después de sonarte la nariz con él, te lo guardabas en el bolsillo. Tus mocos, personales e intransferibles, permanecían resecos y a buen recaudo hasta la siguiente cita con la lavadora o la pila donde se restregaba la ropa con energía.
También eran de paño las servilletas, nada de consumir celulosa a costa de los bosques. Como si de un restaurante de prestigio se tratara, en la mesa de la comida familiar aparecían primorosamente dobladas por nuestras madres para que nos limpiáramos la boca como recomendaban los tratados de urbanidad al uso.
Era un mundo donde las cosas se reparaban una y otra vez y no se consideraban amortizadas tan rápido como ahora. No funcionaba la actual "obsolescencia programada". Los electrodomésticos eran para toda la vida. Había muchas tiendas de reparaciones y los aparatos se arreglaban, no se tiraban antes de tiempo. Siempre había algún "tío Mañicas" (como el de la calle Santa Teresa) que prolongaba la vida útil de todo tipo de artilugios.
El calzado tampoco se jubilaba a las primeras de cambio. En las calles abundaban pequeñísimos bajos con zapateros remendones, responsables de que esos zapatos que había costado tanto adaptar y domesticar tuvieran una larga existencia, para alivio de nuestros sufridos pies.
La ropa también era susceptible de ser remendada hasta cobrar una segunda vida de igual o mayor longevidad que la primera. Las modistas iban por las tardes a las casas para arreglar vestidos mientras sonaban las radionovelas, a las prendas se les daba la vuelta cuando ya no eran dignamente presentables, las sábanas inservibles tenían una segunda oportunidad al reconvertirse en pijamas y todavía recuerdo aquel huevo de madera para remendar calcetines. Los trajes se solían hacer a medida y obviamente admitían posteriores arreglos para adaptarlos a la cambiante anatomía de sus usuarios.
Los varones adultos iban trajeados y encorbatados a diario, fuera cual fuera el ámbito en el que desarrollaran su actividad profesional, desde los más humildes a los más elitistas. Hablamos de los 60. En los 70 se fue introduciendo paulatinamente el prêt-à-porter y el sport a la hora de vestir.
En los cafés pululaban los limpiabotas. Los zapatos quedaban bruñidos y relucientes mientras el fulano que los calzaba fumaba y apuraba su carajillo al tiempo que leía algún diario de páginas enormes.
Antes de todo eso, a primera hora de la mañana, ya había pasado el lechero por las casas con sus recipiente metálico lleno de lo recién ordeñado...
Cuando llegaba la noche, después de cenar hervido de bajocas y huevo pasado por agua, en la pantalla en blanco y negro del televisor comenzaba a sonar el “Vamos a la cama que hay que descansar” de la familia Telerín. Entonces nos dirigíamos al reino de las sábanas del dormitorio presintiendo la calidez que nos esperaba, con las bolsas de agua caliente caldeando el lecho y los orinales bien dispuestos bajo su somier.
Quizá antes, furtivamente, le dábamos un tiento, por una de sus dos aberturas, al bote de leche condensada que había en la nevera. Había que irse pronto a dormir, ya comenzaba la película de dos rombos. La tele aún continuaría encendida hasta la despedida y cierre con "El alma se serena".
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