martes, 23 de diciembre de 2025

4- Escenas de la infancia que regresan a la memoria sin pretenderlo

 4- Escenas de la infancia que regresan a la memoria sin pretenderlo

Si ahora cierro los ojos me veo en alguna de las aulas de la Sucursal, nombre con el que se conocía un centro educativo perteneciente a la congregación religiosa de los Maristas. Dedicado en exclusiva a la Enseñanza Primaria, estaba adscrito al que se constituía como sede principal, el colegio La Merced, localizado éste en el Paseo del Malecón y que impartía a su vez el Bachillerato de la época junto con el PREU.   

 El primero del que hablo, La Sucursal, se ubicaba en lo que posteriormente serían las antiguas Galerías Preciados de la Gran Vía. Allí, en su patio, delimitado por una tapia que lo separaba de la vía pública y una hilera de eucaliptos en el lado opuesto, intercambiando cromos de álbumes como El Cid, Vida y Color, Las minas del rey Salomón, etc. o jugando al fútbol a balonazo limpio, pasábamos los recreos entre clase y clase de Aritmética, Lengua o Geografía.

 Permanecen los ojos cerrados, sigo tirando de recuerdos y me contemplo ahora absorto ante un televisor en blanco y negro que emitía "Viaje al fondo del mar", en un lejanísimo sábado por la tarde.  Esta serie de aquella incipiente televisión de entonces tuvo mucho éxito. Ese submarino, con aquel diseño imposible mediante el que una luna de vidrio especial a prueba de gigantescas presiones hacía de parabrisas para deleite de la tripulación antes los paisajes de las profundidades marinas, se convirtió en una nave muy especial, generadora de muchas fantasías durante nuestra niñez. Aún recuerdo el sonido de la sala de máquinas con ese tintineo de fondo que llenaba los silencios entre las conversaciones de los protagonistas, sobre todo las del almirante Nelson con el capitán Crane. 
Ya el comienzo de cada episodio, con esa banda sonora tan peculiar que presagiaba misterios marinos, ponía en situación e invitaba a sumarse a las aventuras del submarino Seaview.
Era así, los sábados por la tarde navegábamos por las profundidades abisales asistiendo a prodigios y peligros que nos llenaban la cabeza de fantasías. Yo recuerdo ahora cómo después de terminar algún capítulo me iba a la tina del cuarto de baño, la llenaba de agua y jugaba con una caja de plástico transparente bien cerrada que sumergía en aquel pequeño océano imaginando alguna aventura del Seaview. 

 Y en otra escena de aquellos años, que ya no sabe uno si es real o la ha soñado, estoy tomando un refresco en una cafetería de la Gran Vía en un día muy caluroso de finales de junio, con el curso terminado y a punto de irme a la playa, mientras no deja de sonar "Un rayo de sol" de Los Diablos. 

Era el preludio de aquellos largos veranos que tuve el privilegio de disfrutar junto al mar, en la Torre de la Horadada. Eran días de transición, de asueto total, con el sol y las olas esperando mientras seguíamos en Murcia, con la libertad que daba el haber dado "punto", como se le llamaba entonces a la finalización de las clases. Se podían aprovechar esas jornadas para comprar bañadores, gafas y aletas de bucear y pasarse por la peluquería. Aún puedo rememorar la cara de mi madre, todo un poema, cuando volvíamos mis hermanos y yo de pelarnos, más bien de raparnos. Mi padre no se andaba por las ramas. 

-Páseles la maquinilla. Al cero o al uno. Así irán más frescos y el pelo les crecerá más fuerte. 

(Pero todavía no habíamos llegado a la adolescencia en que lucharíamos por llevar una melena merovingia, como los modernos de entonces, ante la habitual oposición de los docentes, guardianes de la ortodoxia biempensante.)

 Y si continúo dejando la mente en blanco, sigo con evocaciones infantiles que me llevan hacia el algodón dulce, la noria y el tío-vivo de aquellas lejanas ferias de septiembre que clausuraban, antes de volver a clase en octubre, los larguísimos veranos de nuestra niñez.

 Son recuerdos perdidos en la bruma del tiempo, cada vez más inciertos, que viajan a través de la frágil memoria sin rumbo fijo. 

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