4- Escenas de la infancia que regresan a la memoria sin pretenderlo
Si ahora cierro los ojos me veo en alguna de las aulas de la Sucursal, nombre con el que se conocía un centro educativo perteneciente a la congregación religiosa de los Maristas. Dedicado en exclusiva a la Enseñanza Primaria, estaba adscrito al que se constituía como sede principal, el colegio La Merced, localizado éste en el Paseo del Malecón y que impartía a su vez el Bachillerato de la época junto con el PREU.
El primero del que hablo, La Sucursal, se
ubicaba en lo que posteriormente serían las antiguas Galerías Preciados de la
Gran Vía. Allí, en su patio, delimitado por una tapia que lo separaba de la vía
pública y una hilera de eucaliptos en el lado opuesto, intercambiando cromos de
álbumes como El Cid, Vida y Color, Las minas del rey Salomón, etc. o jugando al
fútbol a balonazo limpio, pasábamos los recreos entre clase y clase de
Aritmética, Lengua o Geografía.
Y en otra escena de aquellos años, que ya no
sabe uno si es real o la ha soñado, estoy tomando un refresco en una cafetería
de la Gran Vía en un día muy caluroso de finales de junio, con el curso
terminado y a punto de irme a la playa, mientras no deja de sonar "Un rayo
de sol" de Los Diablos.
Era el preludio de aquellos largos veranos que tuve el privilegio de disfrutar junto al mar, en la Torre de la Horadada. Eran días de transición, de asueto total, con el sol y las olas esperando mientras seguíamos en Murcia, con la libertad que daba el haber dado "punto", como se le llamaba entonces a la finalización de las clases. Se podían aprovechar esas jornadas para comprar bañadores, gafas y aletas de bucear y pasarse por la peluquería. Aún puedo rememorar la cara de mi madre, todo un poema, cuando volvíamos mis hermanos y yo de pelarnos, más bien de raparnos. Mi padre no se andaba por las ramas.
-Páseles la maquinilla. Al cero o al uno. Así irán más frescos y el pelo les crecerá más fuerte.
(Pero todavía no habíamos llegado a la adolescencia en que lucharíamos por llevar una melena merovingia, como los modernos de entonces, ante la habitual oposición de los docentes, guardianes de la ortodoxia biempensante.)
Y si continúo dejando la mente en blanco, sigo con evocaciones infantiles que me llevan hacia el algodón dulce, la noria y el
tío-vivo de aquellas lejanas ferias de septiembre que clausuraban, antes de
volver a clase en octubre, los larguísimos veranos de nuestra niñez.
Son recuerdos perdidos en la bruma del tiempo,
cada vez más inciertos, que viajan a través de la frágil memoria sin rumbo
fijo.
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