6- Estampas de los 60
Ese
cruel y áspero conflicto en el sureste asiático conmovía a la juventud del llamado "mundo
libre" que renegaba de la generación de sus padres, prefería las flores a
los fusiles, y se reunía en multitudinarios festivales musicales. Eran tiempos
en que se experimentaba, en medio de una inocencia y una fe en el futuro
conmovedoras, con sustancias que disparaban la dopamina y otros
neurotransmisores cerebrales hasta que pudieras ver un submarino amarillo
volando por encima de los edificios más altos de la ciudad. No había duda de
que Lucy estaba en el cielo con diamantes.
Se
hablaba también por aquellos años de un cirujano que trasplantó el primer
corazón. Y del terrible régimen de apartheid que había en su país. En los
telediarios en blanco y negro de la época una veinteañera en minifalda copaba
asimismo las noticias con su defensa de los católicos norirlandés.
Además,
cierta joven cantante italiana llegaba al convencimiento de que no tenía edad
para amar; el presidente de la República Francesa reconocía que la bellísima
actriz que muchos años después lucharía contra la cruel caza de los bebés de
foca, ingresaba en el país con sus películas más divisas que la Renault; el
heredero al trono del país que en el siglo XIX colonizó de muy mala manera y
con gran crueldad el Congo (Vargas Llosa dixit) se unía en santas nupcias con
una española muy pacata dando lugar a un matrimonio sin hijos, con fama de
santurrón, y con un cuñado vividor en Marbella; una sublime cantante de ópera,
cuyos seguidores parecían profesar una religión, formaba pareja con un
multimillonario armador griego de cabellos blancos y enormes gafas de pasta
negra, armador que terminaría desposándose con la viuda de quien forjó el
Camelot washingtoniano (cuando se hablaba de la Nueva Frontera) ante la
inconsolable y augusta tristeza de la intérprete de arias; la princesa
repudiada por el soberano de Oriente Medio que se creía continuador de la
dinastía del legendario Ciro deambulaba inconsolable con su tristeza por las
fiestas más glamurosas de la vieja Europa y protagonizaba las portadas de
las amables (en esa época) revistas del corazón; Scotland Yard era
burlada y uno de los protagonistas del asalto del siglo gozaba de las playas de
Río de Janeiro ante la imposibilidad de una extradición que acabara con su
aventura de película; un mediático púgil negro iba a prisión y era
desposeído de su título de campeón del mundo ante su negativa a alistarse en la
guerra de las guerras de entonces; una aparentemente quebradiza y muy
libre muchacha de duro pasado, de apartamento con gato y suéter de cuello
vuelto, merodeadora y anfitriona de fiestas con lo más chic de Manhattan,
desayunaba muy elegante frente a una tienda de diamantes, arquetípica del
comercio en el que se especializaron los judíos neoyorquinos; una bellísima,
rubia y evanescente actriz norteamericana, musa que fue del mago del
suspense, se había casado con un príncipe de un minúsculo país de
opereta, con cara de pan, y algo cabezón; un arzobispo ortodoxo que ostentaba
la autoridad en una pequeña isla mediterránea aparecía con profusión en cuanto
noticiero se preciara en aquellos tiempos; en España, cómo estarían las cosa
que unos pocos años después, ante el asombro de los franceses, largas colas de
vehículos cruzaban la frontera para ver El último tango en París…
Mientras tanto, yo, en Murcia, me dedicaba
leer tebeos apaisados y en blanco y negro del Capitán Trueno y a jugar al
fútbol, justo donde ahora oferta El Corte Inglés móviles y ordenadores.
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