miércoles, 11 de febrero de 2026

55- El maestro Pepe Garre.

 55- La peluquería del maestro Garre, mentidero de aquella Murcia

Se ubicaba en la Plaza Santa Catalina, justo donde ahora se encuentra el bar Fénix, aquella escisión de la Tapa cuyo nombre está  tomado de la Unión y El Fénix, entidad con la que no tiene ninguna relación salvo que comparten el mismo edificio. (Inmueble, por cierto, proyectado por el arquitecto F. Cánovas del Catillo en los años 40  y que vino a sustituir al histórico monumento del Contraste de la Seda, derribado en 1932).

En ese bajo estableció su peluquería el maestro Pepe Garre después de trasladarse desde un local mucho más pequeño situado en una de las calles que desembocan en la Plaza de las Flores. Ese establecimiento primero lo recuerdo muy lejanamente, aunque no se me olvida una tarde de invierno en que entré con mi padre e hicimos tiempo mientras el maestro terminaba de pelar al jugador del Real Murcia Juan Antonio, un extremo que llegó a fichar por el Atlético de Madrid. Ya entonces descubrí la recurrente relación de aquella peluquería con todo lo relacionado con el Real Murcia.

Después vino el traslado a la Plaza de Santa Catalina, en aquel local en el que se percibía mucha innovación y modernidad, con sus seis sillones y seis empleados, en un ejemplo de emprendimiento como pocos se han visto. 

 Hablamos, pues, de quien marcó época buscando siempre la excelencia en el cuidado capilar, personaje popular donde los hubiera por su carácter sociable y abierto.

  Sus establecimientos siempre fueron, además de centros donde se ejercía con solvencia el corte de pelo, a tijera o a navaja, como estaba de moda entonces, locales de tertulia y de conversación, mentideros donde se le tomaba el pulso a la Murcia de a pie, donde se cultivaban las relaciones sociales con esas personas que conocías de toda la vida y con las que no perdías el contacto gracias precisamente a las visitas que hacías allí cada cierto tiempo.

 Aunque era un furibundo “culé”, entre él y sus parroquianos “merengues” siempre había respeto y amistad. El circuito entonces era magnífico: después cortarnos la melena mientras disfrutábamos de una sabrosa tertulia futbolera, el ritual continuaba  con un aperitivo en la Tapa o en el Rhin antes de volver a casa a comer.

  Mucho más tarde lo seguíamos viendo de vez en cuando en la playa o en algún  evento futbolístico, como los torneos de verano que durante varias temporadas jugó el Real Murcia frente al Mar Menor en el Estadio Pitín, torneos que organizaba por aquel entonces mi querido y añorado padre.

  Después de bastantes años coincidí con él en la Torre de la Horadada y lo encontré triste por el fallecimiento de su mujer. Y más tarde me llegó la noticia de que también él nos había dejado. Todo nos  habla de una Murcia entrañable que se aleja  poco a poco en el tiempo.

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