801- Antología del disparate
La clase de Gimnasia de 5º de Bachiller nos la daba el capitán Quesada, de quien consta que ascendió al grado de comandante algunos años después. Era éste un militar de manual, enérgico en sus ademanes, con un alto sentido de la disciplina y alejado de ambigüedades desorientadoras. Con él sabíamos siempre a qué atenernos. Al pan, pan y al vino, vino.
Junto a la Religión, la Educación Física era una de las marías, asignaturas que se daban por solventadas de antemano, disciplinas de aprobado casi obligatorio, en contrate con las Matemáticas, Lengua, Física o Latín, generadoras éstas de asegurados quebraderos de cabeza que se intentaban superar a base de codos, con la opcional ayuda de algún chuletario que sorteara los controles de los inefables docentes.
En los primeros cursos del Bachiller la Gimnasia era impartida por profesores procedentes de Falange. Posteriormente, fueron militares quienes se hicieron cargo de ella, como el ya citado oficial. También recuerdo a otros dos, el sargento Núñez y el capitán Tárrega.
El programa seguido en esta asignatura consistía en una serie de tablas, con flexiones y estiramientos, y carreras alrededor de los campos de deportes. La imagen que más se me viene a la memoria es la del alumnado corriendo en fila india a lo largo de todo el perímetro del patio, que englobaba dos campos de fútbol y uno de balonmano. De vez en cuando hacíamos pruebas de atletismo, salto de altura y 60 metros lisos, raramente salto de longitud.
Estas actividades sacaban a relucir la tipología física de los alumnos y mostraban sus distintas aptitudes ante los ejercicios propuestos por el profesor. Pero donde las diferencias se exacerbaban era en el Gimnasio. Periódicamente se daba allí la clase y lo que al aire libre era despreocupación a pesar del esfuerzo, en esa sala cerrada, con espalderas en las paredes, cuerda lisa y de nudos colgando del techo elevado y diferentes aparatos distribuidos en sitios estratégicos, era pura tensión. No todos teníamos la misma coordinación corporal. Ante la perspectiva de dar una voltereta en un plinto de respetable altura conseguida a base de añadirle módulos, algunos compañeros temblaban de miedo. El salto del caballo era otro escollo a superar que llenaba de ansiedad a los menos ágiles. Cuando el capitán Quesada nos hacía saber, una vez formados militarmente en el patio, que la clase se daba en el Gimnasio, más de uno pensaba de antemano en el mal rato que le esperaba.
Después de alguna prueba de esfuerzo, el profesor nos decía que midiéramos nuestras pulsaciones. Y yo comencé a ver que mi ritmo cardíaco era más elevado de lo normal. Sentía que me faltaba fuelle, que el corazón se me desbocaba cuando realizaba ejercicios con algún mínimo grado de exigencia.
Ante la repetición de esta anomalía, el capitán Quesada me dijo que lo pusiera en conocimiento de mi familia. Así lo hice y a los pocos días estaba en la consulta del doctor Ruipérez, una referencia de la cardiología en la Murcia de aquellos años. Allí me hicieron los primeros electrocardiogramas de que tengo memoria. Al cabo de un tiempo se decidió que me extirparan las amígdalas, considerando que en alguna infección recurrente de las mismas podía estar el origen de mis taquicardias. En esa época, la llamada "operación de anginas" con carácter preventivo entre los niños estaba muy en boga. Así que me dispuse a pasar por lo mismo que otros compañeros habían pasado ya. La intervención se llevó a cabo en el Hospital de San Carlos, actualmente perteneciente al grupo Quirón.
De tal jornada, pocos recuerdos me quedan. Entre otros, la recomendación de tomar helados durante unos días, lo cual, con lo aficionado que era a consumirlos, paliaba para mí las incomodidades de aquella cirugía. Pero lo que evoco ahora con absoluta nitidez es la visita de mi querida prima Chencho con un regalo en la mano para hacer más llevadera mi convalecencia.
Se trataba de la "Antología del disparate", un libro elaborado a base de contestaciones erróneas de alumnos, recopiladas por Luis Díez Jiménez, un catedrático de Instituto de Málaga.
Este volumen había gozado de una gran difusión y sus ediciones no tardaban en agotarse. La que yo conservo es del año 1972.
La sonrisa, cuando no la carcajada, está asegurada con su lectura. A través de las diferentes definiciones dadas por los estudiantes podemos intuir los vericuetos psicológicos que siguen a la hora de elaborar respuestas, en un vano intento de disimular su ignorancia ante muy diversas preguntas de examen: desde auténticas burradas hasta intentos de "marear la perdiz" metiendo "paja", para que parezca que han dicho algo aunque no hayan dicho nada en realidad; y usando a la vez términos que les suenan lejanamente, pero que tienen muy poco que ver con las contestaciones correctas. Todo un alarde de imaginación que en algunos casos roza la genialidad. Es entrañable la inocencia con la que algunos creen haber salido del paso con enredos de palabras parecidas a las idóneas, pero que mezcladas resultan surrealistas y provocadoras de hilaridad. Son impagables los ratos de diversión que, leídas al azar, proporcionan estas páginas, porque cualquiera de ellas encierra perlas humorísticas que son un auténtico remedio contra la tristeza y los días grises.
Yo aún conservo aquel ejemplar, desencuadernado de tanto usarlo, de tanto llevarlo conmigo a muchos sitios como compañía infalible ante las asechanzas del aburrimiento o el desánimo. Todavía recuerdo una excursión por el monte organizada por el colegio, con un pequeño grupo de compañeros y el hermano Gaspar, marista encargado de nuestra tutoría, muertos de risa durante un descanso en la ascensión, mientras les leía en voz alta las descacharrantes respuestas. Porque escuchar, sentados bajo la sombra de los árboles tras subir cuestas interminables y haber dado buena cuenta de los bocadillos, que "los reptiles son animales que se disuelven en el agua", "Camoens, aunque era portugués, era tuerto", "Insectos son aquellos animales que desde chicos empiezan a criarse y luego hacen daño a las plantas" o "Edad de Bronce: Aquí los hombres tenían una estructura como la de un gorila, aunque afortunadamente más tarde fue cambiando" era un modo infalible de echar unas risas.
De vez en cuando, vuelvo a hojear este desvencijado libro y retorna aquel año de tablas de gimnasia, operación de anginas y ratos de carcajadas compartidos con los amigos. Entre sus líneas se encierra un tiempo feliz que de vez en cuando evoco con su lectura.

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