martes, 28 de abril de 2026

107- Antología del disparate

107- Antología del disparate

 La clase de Gimnasia de 5º de Bachiller nos la daba el capitán Quesada, de quien consta que ascendió al grado de comandante algunos años después. Era éste un militar de manual, enérgico en sus ademanes, con un alto sentido de la disciplina y alejado de ambigüedades desorientadoras. Con él sabíamos siempre a qué atenernos. Al pan, pan y al vino, vino. 

Junto a la Religión, la Educación Física era una de las marías, asignaturas que se daban por solventadas de antemano, disciplinas de aprobado casi obligatorio,en contrate con las Matemáticas, Lengua, Física o Latín, generadoras éstas de asegurados quebraderos de cabeza que se intentaban superar a base de codos, con la opcional ayuda de algún chuletario que sorteara los controles de los inefables docentes.

En los primeros cursos del Bachiller la Gimnasia era impartida por profesores procedentes de Falange. Posteriormente, fueron militares quienes se hicieron cargo de ella, como el ya citado oficial. También recuerdo a otros dos, el sargento Núñez y el capitán Tárrega.

El programa seguido en esta asignatura consistía en una serie de tablas, con flexiones y estiramientos, y carreras alrededor de los campos de deportes. La imagen que más se me viene a la memoria es la del alumnado corriendo en fila india a lo largo de todo el perímetro del patio, que englobaba dos campos de fútbol y uno de balonmano. De vez en cuando hacíamos pruebas de atletismo, salto de altura y 60 metros lisos, raramente salto de longitud. 

Estas actividades sacaban a relucir la tipología física de los alumnos y mostraban sus diferentes aptitudes ante los ejercicios propuestos por el profesor. Pero donde las diferencias se exacerbaban era en el Gimnasio. Periódicamente se daba allí la clase y lo que al aire libre era despreocupación a pesar del esfuerzo, en esa sala cerrada, con espalderas en las paredes, cuerda lisa y de nudos colgando del techo elevado y diferentes aparatos distribuidos en sitios estratégicos, era pura tensión. No todos teníamos la misma coordinación corporal. Ante la perspectiva de dar una voltereta en un plinto de respetable altura conseguida a base de añadirle módulos, algunos compañeros temblaban de miedo. El salto del caballo era otro escollo a superar que llenaba de ansiedad a los menos ágiles. Cuando el capitán Quesada nos decía, una vez formados militarmente en el patio, que la clase se daba en el Gimnasio, más de uno se echaba a temblar

 Después de alguna prueba de esfuerzo, el profesor nos decía que midiéramos nuestras pulsaciones. Y yo comprobaba que mi ritmo cardiaco era más elevado de lo normal. Notaba que me faltaba fuelle, que el corazón se me desbocaba cuando realizaba ejercicios con algún mínimo grado de exigencia.

Ante la repetición de esta anomalía, el capitán Quesada me dijo que lo pusiera en conocimiento de mi familia. Así lo hice y a los pocos días estaba en la consulta del doctor Ruipérez, una referencia en cardiología por aquellos años. Allí me hicieron los primeros electrocardiogramas de que tengo memoria. Recuerdo que periódicamente me llevaba mi padre, siempre por las tardes, y después de las referidas pruebas, él y el médico mantenía conversaciones en el despacho de éste, supongo que para informar de mi situación. Al cabo de un tiempo se decidió que me extirparan las amígdalas, considerando que en alguna infección recurrente de las mismas podía estar el origen de mis taquicardias. En aquella época, la operación de anginas con carácter preventivo entre los niños estaba muy en boga. Así que me dispuse a pasar por lo mismo que otros compañeros habían pasado ya.





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