viernes, 16 de enero de 2026

17- El Examen de Ingreso. Adiós a la Sucursal

 17- El Examen de Ingreso. Adiós a la Sucursal

 Saqué adelante el dictado y la división por dos cifras y aprobé el Examen de Ingreso. Atrás quedaba la Primaria. El último curso me lo había dado el legendario y entrañable “abuelito Andrés”, anciano hermano marista, menudo y seco como un sarmiento, famoso por su deambular por el patio de la Sucursal durante los recreos con los bolsillos llenos de bolas de anises y una buena vara en la mano. Premio y castigo en su sencillo y práctico código de conducta. Pedagogía a la antigua usanza.

Se cerraba una etapa académica de cuatro años de duración e iniciada, en mi caso, en el curso 63-64. Según la particular nomenclatura de los grupos que se formaban para integrar cada uno de esos cursos, Segundo de Primaria se daba en las aulas Segunda y Tercera y  Tercero en la Cuarta y Quinta, para seguir con Ingreso A e Ingreso B, que se estudiaban en dos aulas situadas en la parte opuesta del patio del colegio, a espaldas de la Farmacia Tomás. Atendiendo pues a esta manera de consignar cursos y grupos, yo pasé por la Primera, por la Segunda, por la Cuarta y por Ingreso A.

 Impartía  clase en la Primera don Luis Campillo Veguillas, quien fuera más tarde fundador, allá por enero de 1975, de la Peña Huertana la Panocha, decana de estas asociaciones folclóricas. Puedo rememorar de aquel curso algunas lecturas de Historia Sagrada y rudimentos muy elementales de Geometría.

La Segunda tenía como profesor a don Francisco. Hechos que me vienen a la memoria de aquel año: la caligrafía con tinteros y plumilla, de la que ya hablé, los mapas de geografía colgados en la pared y las lecturas del Libro de España.

En la Cuarta, el docente fue el hermano Joaquín. He aquí un recuerdo de aquella clase que  quedó grabado en mi memoria y supongo que en la del resto del alumnado: cierto día, este hermano se subió a lo alto de una escalera, a un perigallo como se suele decir coloquialmente, con la intención de colgar un cartel en una de las paredes del aula. Cuando más concentrado estaba en su tarea, perdió el equilibrio y cayó desde lo alto golpeándose contra el suelo aparatosamente. Todavía recuerdo su cara de dolor, mientras se sujetaba un brazo sin duda fracturado y caminaba a toda prisa por el pasillo buscando atención médica.

Mi último curso, el 66-67,  fue el que entonces se conocía como Ingreso. Su enfoque incidía en la preparación para el inminente bachillerato, el ingreso en el mismo, de ahí su nombre. Como decía al principio, lo impartía quien era conocido popularmente como "el abuelito Andrés", uno de los hermanos marista más populares de aquellos tiempos. Cosas que guardo en la memoria de aquel año: "el paseo de émulos", cuyo origen radicaba en el fomento de cierta competitividad académica, con dos bandos rivales, cartagineses y romanos, todo ello con el loable fin de estimular el afán por el estudio. No sé si análisis pedagógicos actuales darían el visto bueno a este método de motivación del alumnado, pero yo lo evoco ahora como un tiempo escolar cargado de aliciente, como algo que nos sacaba del tedio habitual de las aulas. 

Junto al "paseo de émulos", también cabe consignar, dentro de los episodios de aquel año, la primera excursión colegial más allá de Murcia, concretamente a Tentegorra y Cartagena. No se me olvida la escena del autobús cantando junto con los compañeros Ondiñas veñen, ondiñas veñen e van. 

Y por último, hay que hacer referencia, sin duda alguna, a la crucial iniciación a la lectura del Quijote, crucial al menos para mí. Todavía conservo el ejemplar de pastas duras de cartón de ese año, de la Editorial Luis Vives, una edición infantil de la obra cervantina que me hizo descubrir por primera vez las ilustraciones de Gustave Doré. Esa imagen de los héroes de la novela de Cervantes, descubierta a través los grabados del dibujante francés, es la misma que tengo interiorizada hasta el día de hoy, después de múltiples lecturas de un texto que durante muchos años ha sido uno de mis libros de cabecera.

Por cierto, dentro de los métodos disciplinarios de aquel año, uno de los clásicos castigos, además de la consabida escritura repetitiva hasta el aburrimiento del tipo "no volveré a hablar en clase", consistía en la copia de fragmentos del Quijote. Guardo en la memoria el recuerdo de un buen compañero que se pasó todo aquel curso transcribiendo a bolígrafo capítulos de la inmortal obra. Yo creo que le daba para haber publicado un personal Quijote manuscrito, toda una curiosidad bibliográfica. Habría sido una buena manera de rentabilizar sus problemas con la disciplina escolar.

Sí, nos despedíamos de la Sucursal. Atrás quedaban también partidos de fútbol, intercambio de cromos en los recreos, izado matinal de bandera con el canto de algún himno patriótico, fiestas colegiales con piñata y carrera de cintas, remedos en el patio del popular concurso televisivo Cesta y Puntos, etc. Como decía al principio, quedaba clausurada una época inolvidable de nuestra vida. 

Llegaba, pues, el bachillerato en el Malecón. Comenzaba Primero en el 67/68 con don Antonio Martínez, seglar cuando la mayoría de los docentes de aquel colegio eran hermanos maristas. Supongo que ahora será al revés. Todavía conservo algún libro de aquel curso. Pero todo eso es materia de otro capítulo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

106- Lavando con azulete

  106- Lavando con azulete   Las pastillas de café con leche de Alonso, las tapias hacia la Gran Vía de la Sucursal, la Casa de Socorro, e...