18- El Bachillerato
A los de mi quinta nos tocó hacer un bachillerato de seis cursos más el COU. El PREU, sustituido por este último, acababa de desaparecer. Normalmente comenzabas con once años y terminabas con diecisiete. Fuimos también la primera promoción que se libró de las reválidas de 4° y de 6°. En 5°, por otra parte, estos estudios se escindían en las ramas de Ciencias y Letras, Matemáticas y Física para unos y Latín y Griego para otros. El alumnado no era mixto. Tuvimos que llegar a COU para compartir las aulas con compañeras.
Previamente,
para acceder a dicha formación académica, que constituían la Enseñanza Secundaria, había que
aprobar el llamado Examen de Ingreso, consistente, como ya dije en otro
capítulo, en una división por dos cifras y un dictado. Para esta prueba, los
alumnos que cursábamos la enseñanza privada debíamos desplazarnos a un
Instituto. El curso anterior al bachillerato se llamaba Ingreso, tal cual, como
si su nombre quisiera ya indicar que nos preparaba para ese, para nosotros,
niños de entonces, trascendental Examen.
Yo
estudié el bachillerato y el COU en el Colegio de la Merced, de la congregación
de los Hermanos Maristas, que estaba junto al Malecón. El paso de la Sucursal,
en la Gran Vía, donde había cursado Primaria, a la Merced suponía dejar atrás
la infancia para adentrarnos poco a poco en la adolescencia. Comenzaba una
etapa trascendental de nuestra vida.
Todavía puedo evocar el patio interior donde formábamos antes de entrar a clase, en las
aulas del piso superior, rodeado por un claustro donde se encontraba la capilla
entre otras dependencias. Si salías a los patios, había un primer nivel con un
espacio pavimentado, limitado por una balaustrada de piedra y una escalera que
bajaba a los campos de deporte. A la izquierda, abajo, te encontrabas las
pistas de balonmano y baloncesto, el gimnasio y los vestuarios. Al lado había
una pequeña cantina y más allá, el frontón. Todavía me vienen a la memoria los
pequeños tetraedros de leche que nos vendían en los recreos.
Al
otro lado de las pistas de balonmano se encontraba un campo de fútbol pequeño.
Y al final del todo, otro grande, con un graderío al fondo, de tres o cuatro
filas, pegado a los árboles y a la tapia que daba a una huerta, también
propiedad de la congregación. Los compañeros más transgresores se camuflaban en
esas filas de piedra, invadidas por las ramas, para fumar algún que otro
cigarrillo. Por allí podías escuchar de vez en cuando el canto de
los pavos reales. Los dos terrenos de juego eran de tierra, lo normal en esa
época. Te encontrabas también, al bajar las escaleras de la balaustrada, una
pequeña fuente de piedra, vertical, de la que salía agua para beber accionando
un pequeño resorte.
En el patio del primer nivel había una piscina que se encontraba prácticamente en desuso, estaban también los urinarios y, en la zona opuesta, dos estancias que conocíamos como las "secciones" de los internos. En una de ellas había unos futbolines en los que recuerdo haber jugado muchas partidas. Esas secciones las dirigían dos maristas, el hermano Fernando, ya de avanzada edad, y el hermano Ildefonso, austero y reservado donde los hubiera. (como pocos)
La
enseñanza la impartían profesores seglares y religiosos maristas. Me da la imprresión de que había más de estos últimos que de los primeros. Hoy en día me consta que es
al revés. Es el signo de los tiempos.
Seguíamos
utilizando textos de la editorial Edelvives. En 1°, el tutor de mi grupo era un
seglar, Don Antonio Martínez. En 2° y 3°, otro seglar, don José Villescas. En
4°, el hermano marista José Rocaspana, natural de Lérida, uno de los mejores
docentes que pasó por el colegio. A recordar sus clases, que parecían de
universidad, de Literatura de 6°, curso en el que tuvimos como tutor a otro
religioso, el hermano Eladio, apocado y muy buena persona, profesor a su vez de
Matemáticas. Para completar esta lista hay que añadir al hermano Gaspar, que
ejerció la tutoría de nuestro grupo en 5° y era experto en lanzamiento de tizas
para llamar la atención de los distraídos. Entrañable y excelente profesor de
Ciencias Naturales.
Había
otros religiosos muy emblemáticos en aquel tiempo, cada uno con su
idiosincrasia y sus particularidades, cosas estas que servían para que los
alumnos, siempre intentando sacarle punta a todo lo que se movía, inventáramos chascarrillos e imitaciones hilarantes de cada uno de ellos. El caso era reírse
de todo. Me vienen ahora a la memoria el hermano Fulgencio, el hermano Agustín,
el Hermano Rafael, el hermano Jesús, el hermano Luis Fermín, el hermano Emilio,
el hermano Gabriel... Y muchos otros.
El
colegio acogía un internado de alumnos, la mayoría de ellos procedentes de
poblaciones alicantinas, aunque también los había, en menor cantidad, de Almería,
Teníamos también un director espiritual, un sacerdote llamado don Enrique Pardo. Durante
los últimos cursos dirigía unos ejercicios espirituales anuales que tenían
lugar en el monasterio de los Jerónimos.
Todas
las anécdotas y vivencias que puedo contar de aquellos años supongo que son
parecidas a las que podrá referir cualquiera que haya pasado por esas aulas o por las de otro colegio durante aquella época. Chuletas, novillos, pequeñas e
inocentes picarescas, partidos de fútbol a destajo, intentos de tomadura de
pelo a los docentes más inofensivos, pero disciplina a ultranza con los
"huesos", y un arte innato para poner motes a los profesores, a
todos, a los duros y a los blandos.
Fueron
siete años, siete años trascendentales. Entramos siendo unos niños y salimos
hechos unos tipos que, con las ansias de la juventud, nos queríamos comer el
mundo.
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