43- Fútbol en la Condomina
Desde muy pequeño comencé a
frecuentar el campo de la vieja Condomina. Por aquel entonces la
equipación del Real Murcia constaba de camiseta roja, pantalón azul y medias
negras con la vuelta también roja. Era prácticamente igual a la de la selección
española.
Al principio iba con mi padre,
incluso a partidos matinales de las divisiones inferiores, con las jóvenes
promesas del club haciendo méritos para ascender algún día al primer equipo. Tras
esas dominicales sesiones futboleras, y después de recoger a mi madre, todavía quedaba
tiempo para el aperitivo en El Alcàzar.
También conservo en
la memoria la imagen de muchas tardes de domingo, con los aficionados avanzando
en oleadas por la calle camino del campo de fútbol en medio de un inconfundible
aroma a humo de puro. Allí se percibía lo más popular que arrastraba este
deporte, con gentes de todo tipo y condición mezclándose y compartiendo la
misma pasión catalizadora de tantas alegrías y cabreos. El espectáculo
arrancaba al acceder a la grada y ver el césped, con los jugadores calentando y
el sonido de fondo de la megafonía que mostraba la publicidad sencilla y naif
de aquella época.
Y luego, una vez
comenzado el partido, eran dignas de escuchar las broncas del público por
alguna decisión arbitral desfavorable, las ovaciones ante un alarde de pundonor
de algún jugador, las exclamaciones cardíacas ante lo que parecía un gol
inminente que luego no lo era, los murmullos en medio de un silencio general
cuando el equipo rival metía el balón entre los tres palos...y, cómo no, el
estallido, el éxtasis total, cuando el Real Murcia marcaba algún tanto.
Normalmente, el balance
deportivo del club era más bien mediocre, para qué engañarnos. Yo me pasé toda
la infancia, durante la década de los 60, soñando con ver al Real Murcia en
Primera. Pero no pudo ser. Tuvimos que ir a Elche, al campo de Altabix, para
presenciar al equipo de moda de aquellos años, al Real Madrid ye-yé (el de los
Pirri, Grosso, Amancio, Velázquez, Gento, etc., etc.)
La comparación con
el Elche, por cierto, era sangrante para el club murciano. Los ilicitanos se
mantuvieron en la división de honor durante aquellas temporadas con un equipo
muy competitivo y alguno de sus jugadores debutó con la selección. Los Pazos,
Ballester, Iborra, Canós (el que fue internacional), Lico, Llompart, Vavá, etc.
dejaron el pabellón muy alto. Incluso llegaron a disputar una reñida final de
Copa del Generalísimo que perdieron honrosamente contra el Athletic de Bilbao.
A estas alturas todavía
puedo recitar alguna alineación clásica de aquel Real Murcia: José Luis Borja
(portero que fue fichado por el Real Madrid para recalar finalmente en el
Español); Robles, Maraver, Rebellón; Silvio, Erviti; Juan Antonio (éste jugó
luego en el Atlético de Madrid y en el Sevilla), Illán, Colón, Lalo (o Sergio)
y Serafín (el capitán). Las alineaciones de entonces se recitaban en base
a un tres, dos, cinco, es decir, tres defensas, dos medios y cinco
delanteros. Se sabían de carrerilla, recuerdo muchas de la Primera División de
aquellos años.
Después de terminado el
partido, a menudo con la frustración de un mal resultado, llegaba de golpe la
melancolía de la tarde del domingo y esa oleada de gente tan animosa de los
momentos previos regresaba taciturna y en silencio a sus casas, con la sombra
del lunes planeando ya sobre sus cabezas y tratando de asimilar el último
traspiés de su equipo.
Quizá ese
ánimo podía alzar el vuelo si antes de llegar al hogar se daba la circunstancia
de que los pies se encaminaran, como el que no quiere la cosa, a Bonache,
Barba, Ignacio o tantos otros buenos sitios que resolvían, de paso, la cena
familiar.
Desde muy pequeño comencé a frecuentar el campo de la vieja Condomina para ver al Real Murcia.
Por aquel entonces su equipación constaba de camiseta roja,
pantalón azul y medias negras con la vuelta también roja. Era prácticamente
igual a la de la selección española.
Al principio me llevaba mi padre, incluso a partidos matinales de las divisiones inferiores, mañanas de invierno luminosas con las jóvenes promesas del club haciendo méritos para ascender algún día al primer equipo. Una vez llegado el pitido final, y después de recoger a mi madre, todavía había tiempo para el aperitivo en El Alcàzar.
También conservo en la memoria la imagen de muchas tardes de domingo, con los aficionados avanzando
en oleadas por la calle camino del campo en medio de un inconfundible aroma a
humo de puro. Allí se percibía lo más popular que arrastraba este deporte, con gentes de todo tipo y condición mezclándose y compartiendo la misma pasión catalizadora de tantas inquietudes. El espectáculo arrancaba al acceder a la grada y ver el césped, con los jugadores calentando y el sonido de fondo de la megafonía que mostraba
la publicidad sencilla y naif de aquella época.
Y luego, una vez comenzado el partido, eran dignas de escuchar las broncas del
público por alguna decisión arbitral desfavorable, las ovaciones ante un alarde de
pundonor de algún jugador, las exclamaciones cardíacas ante lo que parecía un
gol inminente que luego no lo era, los murmullos en medio de un silencio
general cuando el equipo rival metía el balón entre los tres palos...y, cómo
no, el estallido, el éxtasis total, cuando el Real Murcia marcaba algún tanto.
Normalmente, el balance deportivo del club era más bien mediocre, para qué
engañarnos. Yo me pasé toda la infancia, durante la década de lo 60, soñando con ver al Real Murcia en Primera. Pero
no pudo ser. Tuvimos que ir a Elche, al campo de Altabix, para presenciar al
equipo de moda de aquellos años, al Real Madrid ye-yé (el de los Pirri,
Amancio, Velázquez, Gento, etc., etc.)
La comparación con el Elche, por cierto, era sangrante para el club murciano. Los
ilicitanos se mantuvieron en la división de honor durante aquellas temporadas con
un equipo muy competitivo y alguno de sus jugadores debutó con la selección. Los
Pazos, Ballester, Iborra, Canós (el que fue internacional), Lico,
Llompart, Vavá, etc. dejaron el pabellón muy alto. Incluso llegaron a disputar
una reñida final de Copa del Generalísimo contra el Athletic de Bilbao que
perdieron honrosamente.
A estas alturas todavía puedo recitar alguna alineación clásica de aquel Real Murcia: José Luis Borja (portero que fue fichado por el Real Madrid para recalar finalmente en el Español); Robles, Maraver, Rebellón; Silvio, Erviti; Juan Antonio (éste jugó luego en el Atlético de Madrid y en el Sevilla), Illán, Colón, Lalo y Serafín (el capitán). Las alineaciones de entonces se recitaban en base a un tres, dos, cinco, es decir, tres defensas, dos medios y cinco delanteros. Se sabían de carrerilla, recuerdo muchas de la Primera División de aquellos años.
Después
de terminado el partido, a menudo con la frustración de un mal resultado,
llegaba de golpe la melancolía de la tarde del domingo y esa oleada de gente
tan animosa de los momentos previos regresaba taciturna y en silencio a sus
casas, con la sombra del lunes planeando ya sobre sus cabezas y tratando de
asimilar el último traspiés de su equipo.
Quizá
ese ánimo podía alzar el vuelo si antes de llegar al hogar se daba la feliz
circunstancia de que los pies se encaminaran, como el que no quiere la cosa, a
Bonache, Barba, Ignacio o tantos otros buenos sitios que resolvían, de paso, la cena familiar.
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