jueves, 26 de febrero de 2026

59- Los billares de los sábados por la tarde

59- Los billares de los sábados por la tarde

Muchos sábados por la tarde, nada más terminar de comer me acercaba a tomar café al Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, para, a continuación, enfrentarme a la Rey de Diamantes de los contiguos billares Zumeta, un local que llevaban los hermanos Palomares. Se trataba esta Rey de Diamantes de la máquina de flippers a la que mejor le había cogido el aire. Sabía darle los toques justos para llevar la bola a las zonas que daban más puntos sin que  marcase "falta" y  acabara el juego antes de tiempo. 

En esa época, por cierto, no había bar que no dispusiera de uno de esos ingenios recreativos. Muchas horas pasé en mi adolescencia jugando a las "máquinas", como decíamos entonces, a duro la partida más las que te hicieras por tu cuenta.

Más  tarde comenzaban a llegar los amigos y tenían lugar las partidas de futbolín. Este entretenimiento marcó los años jóvenes de nuestra generación. Los viejos futbolines son responsables  de algunos de los mejores ratos que recuerdo de esa época de finales de la infancia y comienzos de la adolescencia. Tardes de sábado interminables en que las preocupaciones infantiles se disipaban con la euforia de los mandobles que le dábamos a las barras de dos defensas, tres medios y cinco delanteros, como las antiguas alineaciones de los tiempos de nuestros abuelos. Los Zumeta, por cierto, aportaron un cambio en las líneas, de un 2-3-5 se pasó a un 3-3-4. Comenzaba a notarse la influencia del catenaccio italiano.

Estas salas de recreativos, donde se forjaban los fumadores más novatos, además de con el billar, las máquinas y los futbolines, contaban con mesas de pin-pon.  Épicas eran las partidas que echábamos en éstas, emulando durante horas a los jugadores orientales.

Los Fontes, los Segura, los Zumeta, aquellos históricos billares de la Murcia de entonces eran el hábitat natural de la chavalería en las horas de ocio. También el refugio de los más transgresores después de fumarse la clase. Los "bala perdida", los amenazados con internamientos en Campillo encontraban allí su cuartel general en horas lectivas y echaban sus primeros cigarrillos mientras con los ojos entrecerrados por el humo e inclinados sobre tapiz verde calculaban trayectorias para hacer carambolas.

  Se trataba sin duda alguna de lugares donde sociabilizar, donde compartir momentos de ocio con los amigos en unos años en que la vida daba un acelerón y sentías el vértigo de tantos descubrimientos, de tantas nuevas miradas sobre las cosas, cuando el futuro era una página en blanco y quedaba tanto por descubrir, mientras la máxima euforia de un sábado por la tarde consistía en hacerte partidas en la Rey de Diamantes. 

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Allí, para hacer tiempo le echaba un duro a la Rey de Diamantes, una máquina de flipper, de bolas, a la que le tenía pillado el punto. El sonido seco y enérgico

Este era el programa de muchos sábados por la tarde: Nada más terminar de comer, café en el Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, en plan tranquilo, había mucho tiempo por delante.  A continuación,   en los Zumeta, un local de juegos recreativos que llevaban los hermanos Palomares en la misma plaza.

 Allí, para romper el hielo, comenzaba uno con la máquina de bolas, las llamadas “flippers”. La que más me gustaba, porque le tenía bien pillado el truco, era la "Rey de diamantes". El sonido seco y enérgico que emitía cuando daba partida, junto con el café que llevabas encima, te iba poniendo en situación. Sabías darle los toques justos para que no te marcara “falta” y llevar la bola a los terrenos que te interesaban para sumar más puntos.

 Al poco rato, iban apareciendo los amigos y comenzaban los torneos de futbolín. Los echábamos por parejas, defensa y delantera. Eran muy emocionantes, con piques y rivalidad, pero siempre con buen humor. A veces llegábamos a la llamada “bola épica”. Los futbolines de los Zumeta eran muy modernos, tres defensas, tres medios y cuatro delanteros, a diferencia del esquema 2-3-5 de los clásicos.

Así iba transcurriendo la tarde. Anochecía y se acercaba la hora de las tascas. Entonces emigrábamos todos juntos hacia el Yerbero y allí entre vinos, tapas y bromas seguíamos pasando el sábado. Teníamos 15, 16, 17 años ...

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