59- Los billares de los sábados por la tarde
Muchos sábados por la tarde, nada más terminar de comer me acercaba a tomar café al Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, para, a continuación, enfrentarme a la Rey de Diamantes de los contiguos billares Zumeta, un local que llevaban los hermanos Palomares. Se trataba esta Rey de Diamantes de la máquina de flippers a la que mejor le había cogido el aire. Sabía darle los toques justos para llevar la bola a las zonas que daban más puntos sin que marcase "falta" y acabara el juego antes de tiempo.
En esa época, por cierto, no
había bar que no dispusiera de uno de esos ingenios recreativos. Muchas horas
pasé en mi adolescencia jugando a las "máquinas", como decíamos
entonces, a duro la partida más las que te hicieras por tu cuenta.
Más tarde comenzaban a llegar los amigos y tenían lugar las
partidas de futbolín. Este entretenimiento marcó los años jóvenes de nuestra
generación. Los viejos futbolines son responsables de algunos de los
mejores ratos que recuerdo de esa época de finales de la infancia
y comienzos de la adolescencia. Tardes de sábado interminables en que las
preocupaciones infantiles se disipaban con la euforia de los mandobles que le
dábamos a las barras de dos defensas, tres medios y cinco delanteros, como las
antiguas alineaciones de los tiempos de nuestros abuelos. Los Zumeta, por
cierto, aportaron un cambio en las líneas, de un 2-3-5 se pasó a un 3-3-4.
Comenzaba a notarse la influencia del catenaccio italiano.
Estas salas de recreativos, donde
se forjaban los fumadores más novatos, además de con el billar, las máquinas y
los futbolines, contaban con mesas de pin-pon. Épicas eran las partidas que echábamos en
éstas, emulando durante horas a los jugadores orientales.
Los Fontes, los Segura, los
Zumeta, aquellos históricos billares de la Murcia de entonces eran el hábitat
natural de la chavalería en las horas de ocio. También el refugio de los más
transgresores después de fumarse la clase. Los "bala perdida", los
amenazados con internamientos en Campillo encontraban allí su cuartel general
en horas lectivas y echaban sus primeros cigarrillos mientras con los ojos
entrecerrados por el humo e inclinados sobre tapiz verde calculaban
trayectorias para hacer carambolas.
Se trataba sin duda alguna de lugares donde sociabilizar, donde compartir momentos de ocio con los
amigos en unos años en que la vida daba un acelerón y sentías el vértigo de
tantos descubrimientos, de tantas nuevas miradas sobre las cosas, cuando el
futuro era una página en blanco y quedaba tanto por descubrir, mientras la máxima euforia de un sábado por la tarde consistía en hacerte partidas en la Rey de
Diamantes.
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Allí, para hacer tiempo le echaba un duro a la Rey de Diamantes, una máquina de flipper, de bolas, a la que le tenía pillado el punto. El sonido seco y enérgico
Este era el programa de muchos sábados por la tarde: Nada más terminar de comer, café en el Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, en plan tranquilo, había mucho tiempo por delante. A continuación, en los Zumeta, un local de juegos recreativos que llevaban los hermanos Palomares en la misma plaza.
Allí,
para romper el hielo, comenzaba uno con la máquina de bolas, las llamadas “flippers”.
La que más me gustaba, porque le tenía bien pillado el truco, era la "Rey
de diamantes". El sonido seco y enérgico que emitía cuando daba partida,
junto con el café que llevabas encima, te iba poniendo en situación. Sabías
darle los toques justos para que no te marcara “falta” y llevar la bola a los
terrenos que te interesaban para sumar más puntos.
Al poco rato, iban apareciendo los amigos y comenzaban
los torneos de futbolín. Los echábamos por parejas, defensa y delantera. Eran
muy emocionantes, con piques y rivalidad, pero siempre con buen humor. A veces
llegábamos a la llamada “bola épica”. Los futbolines de los Zumeta eran muy
modernos, tres defensas, tres medios y cuatro delanteros, a diferencia del
esquema 2-3-5 de los clásicos.
Así
iba transcurriendo la tarde. Anochecía y se acercaba la hora de las tascas.
Entonces emigrábamos todos juntos hacia el Yerbero y allí entre vinos, tapas y
bromas seguíamos pasando el sábado. Teníamos 15, 16, 17 años ...
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