58- Más cine, por favor
También triunfaban las películas del Oeste, las de “indios y vaqueros”. A partir de grandes clásicos, de auténticas obras maestras de la filmografía de los USA, este género se popularizó sobremanera y derivó en el llamado spaghetti-western, con sus rodajes en el desierto de Almería, sus características “noches americanas” y sus producciones italianas de bajo coste. Aquel mundo de pistoleros tomando tragos de whisky en el saloon, caravanas, forajidos, disparos de colt 45, etc. también se expandió en series de televisión muy populares; a recordar Bonanza, el Virginiano, Bronco Ley, el Llanero Solitario, La Ley del revólver, Cheyenne, etc.
En realidad se trataba de poner en valor la épica fundacional de una nación joven, de colocarle al mundo el relato de su nacimiento y plenitud a través de una epopeya en que los "rostros pálidos" eran los héroes y los "pieles rojas", los enemigos a batir para alzar la nueva patria. Al igual que los cantares de gesta medievales mitifican el nacimiento de las viejas naciones europeas, este cine es el lenguaje moderno utilizado para glosar los albores de un nuevo país con toda la mitología posible. Y tan bien colocado quedó ese relato que las salas de cine aplaudían entusiásticamente cuando aparecía en la pantalla el Séptimo de Caballería para liberar el fuerte del ataque de esos salvajes "pieles rojas". Pobres "pieles rojas".
Todo ese repertorio tuvo aquí su correlato literario en las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, con lo cual el cine y la literatura popular se retroalimentaban. Tal era la fiebre por el western que todavía puedo recuerdar algún día de Reyes en que me despertaba con la ilusión de enfundarme la indumentaria típica del "vaquero", a saber, chaleco con la estrella de sheriff, cubrepantalones de montar a caballo y cinturón para las municiones con la cartuchera y la pistola, indumentaria típica de aquellos juegos infantiles y consignada por mí con todo detalle en la carta enviada previamente a sus Majestades de Oriente.
Si seguimos hablando del cine de aquellos años tampoco nos podemos olvidar del exitoso apartado de los “niños prodigio”, que tanto enriqueció a ciertos productores a costa de
crear un club de “juguetes rotos” de difícil reciclaje. Marisol fue todo un
fenómeno sociológico que trascendió las pantallas en ámbitos ajenos a lo cinematográfico. Pablito Calvo, Joselito y Rocío Dúrcal fueron otros productivos filones que proporcionaron muy buenos dividendos en su momento.
Había también un cine comercial, costumbrista,
con cómicos de cabecera muy conocidos dentro de la industria patria del entretenimiento que nos parecían como de la familia, cine
denostado a veces por la intelectualidad de entonces pero que a estas alturas
constituye un inestimable documento para el estudio de aquella España. Muchas de esas películas son las que se pasan actualmente por el programa televisivo Cine de Barrio.
En el otro extremo se hallaban los directores que rodaban largometrajes con la aspiración de que éstos se convirtieran en selectas obras de arte con mensaje incluido. Había mucha influencia de la cinematografía culta francesa e italiana a la hora de elaborar esas propuestas. El cine siempre ha sido un instrumento muy útil para vehicular líneas culturales e ideológicas de todo tipo. Pero cuando éstas son demasiado coyunturales, demasiado ceñidas a los cambiantes paradigmas del momento, envejecen mal, no superan el cedazo de los años y se convierten en material infumable para el espectador de fechas posteriores. De todas formas, para el historiador también pueden constituir un buen elemento a la hora de analizar las ideas y la estética vigentes de cada época. En realidad, cualquier manifestación cultural del pasado, al margen de la calidad formal que tenga, se puede considerar un testigo útil para descifrar las claves de su tiempo.
Durante aquellos años, ya en las postrimerías de la dictadura, esta elitista filmografía se movía entre la censura y los mensajes subliminales que intentaban burlarla. Muchos de sus largometrajes constituyen lo que se dio en llamar cine de “arte y ensayo”, con salas y circuitos propios para su proyección.
Hubo otra corriente que intentó conciliar esas dos propuestas anteriormente descritas. Se trataba de una tercera vía dotada de un enfoque que suavizaba el elitismo del aquel cine de autor tan selecto sin claudicar en su propósito de mantener la excelencia y la creatividad. Intentaba conjugar la calidad con lo comercial y era exponente de unos años en que se oteaban aperturas e intentos de adaptación del régimen a los nuevos tiempos.
Para cerrar esta aproximación al cine de aquella época es necesario hacerse eco también de un género que, procedente de Hollywood, estuvo muy de moda en los 70. Arranca con el naufragio de La aventura del Poseidón y sigue con rascacielos incendiados, desastres aeronáuticos y todo tipo de siniestros colectivos. Una de sus características será la del protagonismo coral de viejas glorias del celuloide que desarrollan tramas paralelas independientes entre sí.
Hablamos de películas cuyo argumento partía de catástrofes colectivas de muy diversa índole. Este tipo de situaciones al límite era utilizado por los guionistas para la caracterización psicológicas de los personajes. Es un lugar común el afirmar que en circunstancias extremas aflora lo más auténtico de cada persona, algo también utilizado en las novelas policíacas con crimen de por medio.
Este era, de manera muy resumida, el paisaje cinematográfico de aquellos años. En un tiempo de oferta televisiva muy limitada, las salas de cine hacían su agosto y articulaban una cierta geografía lúdica y familiar de la ciudad, cada una con sus características propias, muy reconocibles por todos. Rex, Coy, Gran Vía, Cinema Iniesta, Coliseum, Teatro Circo, Avenida, Rosi… la oferta era muy diversa, cubriendo todas las preferencias con una cartelera que reflejaba el signo de aquellos tiempos.
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