57- Los acomodadores de cine
En
aquellos años de niñez accedíamos a salas donde proyectaban unas películas que
comenzábamos a disfrutar desde que salíamos de casa los hermanos, los primos, la madre, la abuela, etc. bien pertrechados de monas y onzas de chocolate. Yo creo que lo de comprar palomitas a la entrada
vino mucho después. A lo sumo, algunos cines de entonces tenían cantina,
una pequeña barra para tomar cervezas y refrescos.
Accedíamos, digo, con la misma fascinación que sintió don Quijote cuando descendió a la Cueva de Montesinos, donde vio maravillas tales que cuando las contó, hasta el confiado y crédulo Sancho dudó de su veracidad. Y después de entrar en ese reino de tinieblas, más acusadas al venir con los ojos llenos de la luz del sureste, desconcertados por esa súbita oscuridad, aparecía de pronto un cono de luz acompañado de unas discretas palabras que nos conducía hasta una fila libre donde acampaba el infantil ejército recién llegado. Y entonces, cuando el foco de la linterna se apagaba, se iluminaba la Cueva de Montesinos.
Luego, el tiempo transcurrió muy rápido y cambió la compañía con la que comparecíamos en esas tinieblas cruzadas por otro tenue haz luminoso que salía de la sala de proyección. Entonces el instinto natural te inclinaba a buscar, junto a la muchacha con la que compartías aficiones cinéfilas y no cinéfilas, las últimas filas, esperando no ser delatados por las indiscretas linternas de los probos y neutrales acomodadores. Los años pasaban llenos de cambios y novedades pero el cine seguía.
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