domingo, 5 de abril de 2026

105- Una tarde de viernes

105- Una tarde de viernes

Estudiábamos Primero de Bachiller, curso 67/68, y los sábados ya no eran lectivos. A las 6 de la tarde del viernes salíamos de la última clase, generalmente alguna "maría", y, con la euforia de la libertad del fin de semana que acababa de iniciarse, tres o cuatro compañeros con itinerarios similares emprendíamos juntos el camino de vuelta a casa. Charlábamos, comentábamos anécdotas de patio de recreo sobre materias y profesores, (entonces teníamos uno solo, el tutor, nos daba prácticamente todas las asignaturas), mientras flotaba en el ambiente esa sensación de optimismo que daba el no volver al aula hasta el lunes. Eran los primeros años de la semana inglesa, del weekend.

 Yo recuerdo sobre todo algunas tardes de primavera en que los días se alargaban y se notaba la llegada del buen tiempo. El recorrido era siempre el mismo. Tras atravesar todo el Malecón girábamos en Martínez Tornel hacia la Gran Vía, llena de animación, con el presagio de las jornadas calurosas que desembocarían en el verano. Íbamos recorriendo su acera desde la Glorieta sin prisa, en amena conversación, con las carpetas y los libros de texto. Había algún que otro vendedor callejero, con su carrito lleno de globos, bolsas de pipas y palomitas. Las madres acababan de clausurar nuestros abrigos y trencas hasta el invierno siguiente y la vida se volcaba en la calle, como buena ciudad mediterránea que es Murcia. 

Avanzábamos y la conversación pasaba de los temas escolares a los descubrimientos de preadolescentes que empezaban a indagar en temas velados por el muro de silencio de los adultos. Así, sin darnos cuenta íbamos dejando atrás  Hijos de Antonio Zamora y la confitería Alonso, donde quizá compráramos peladillas  o caramelos de café con leche para el camino. Y seguíamos Gran Vía adelante, en agradable tertulia mientras por el asfalto se desplegaba el parque móvil de la época con intenso tráfico en ambas direcciones. Las tardes eran mucho más laborables que ahora, no solo en el comercio. 

Por fin, tras recorrer la acera de las tapias de la Sucursal, nuestro colegio hasta el curso anterior, nos separábamos y yo torcía por la esquina tras la farmacia Tomás y entraba en la primera portería, ya en Jaime I, donde vivía mi abuela Luisa, cuyas ventanas daban a la Gran Vía. 

Era una casa de pasillo largo, según los planos arquitectónicos de la época, jalonado por varias puertas de dormitorios, en la que reinaba el orden y la tranquilidad. Tras el beso de rigor a la madre de mi padre y a alguna de mis  tías y primas mayores que solían estar haciéndole compañía  a esas horas en el salón, Paquita, la mujer que la atendía y vivía con ella, me acompañaba hasta la cocina donde me ofrecía unas rebanadas de pan casero y una sobrasada con una pinta espléndida recién sacada de la fresquera, todo ello completado con una Pepsi-Cola que cogía yo mismo del frigorífico.

Mientras Pedro Picapiedra, en blanco y negro, lanzaba su iabababadú en la tele, yo daba buena cuenta de la merienda. Tras contarle a mi abuela, a preguntas de ella, cómo me iban las cosas en clase, salía un rato al balcón a mirar el tráfico, a ese mismo balcón desde el que solíamos ver pasar el Bando de la Huerta todos los años. 

Un poco después llegaban mis padres, con algunos de mis hermanos, y luego más primos y tíos, con lo que se daba un conciliábulo familiar que al cabo de un rato, poco antes de la hora de la cena, se iba deshaciendo en medio de besos de despedida y conversaciones joviales. 

Sólo quedaba regresar a casa, cenar y ver en la tele a Napoleón Solo e Illya Kuryakin en El Agente de C.I.P.O.L.  Y luego, El alma se serena, dar las buenas noches y entrar entre las sabanas  para leer alguna  aventura del Jabato ambientada en el Nilo, con cocodrilos y sicarios de un faraón algo atravesado. La infancia iba pasando pero el mundo de los mayores aún quedaba muy lejano. Quizá no éramos conscientes de algunos signos de felicidad, invisibles entonces, y que muchos años después añoraríamos.



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