89- Clásicos populares
Tema y contratema en perpetuo diálogo de notas torrenciales, persiguiéndose, acercándose y alejándose entre sí, jugando a entrelazarse mediante un contrapunto salvaje que se desboca en varias voces. Imprescindible un virtuosismo como el de Martha Argerich, por ejemplo, para mantener en pie este prodigio del genio del Eisenach.
Son músicas que uno escuchaba de
joven tras las revelaciones de Fernando Argenta y Araceli González Campa
en Clásicos Populares, aquel programa radiofónico donde se nos hablaba
del Viejo Pelucas y de sus fugas llenas de álgebra y
combinaciones imposibles. Una época de mi vida en que sin acceso a nube digital
alguna tenía que recurrir a las grabaciones de la Deutsch- Grammophon para
llegar a esos Conciertos de Brandeburgo que interpretaba Karl
Richter con la nada historicista (eso vendría años después) Orquesta Bach de
Múnich.
Fernando Argenta, por cierto,
merece aquí una mención especial. Yo lo escuché durante muchísimos años y
gracias a él algunos de nosotros nos iniciamos en la música clásica. Lo que a
primera vista parecía un auténtico ladrillo se convertía, tras escuchar su
programa Los clásicos populares, en la cosa más interesante, y
hasta divertida, del mundo. Ya he dicho que se refería a J.S. Bach como
el Viejo pelucas. Las descripciones de las composiciones que programaba las hacía con tal desparpajo y humor que parecía
que estaba tomándose unas cañas en la barra del bar y jugando a los chinos.
Le quitaba la absurda solemnidad al hecho de asistir a un concierto para
escuchar, por ejemplo, La pasión según San Mateo. Pero sabía qué
significado tenía cada pasaje de la obra y lo divulgaba como nadie. Estuvo
treinta y dos años en antena formando pareja con una locutora muy simpática, la
citada Araceli González Campa. Era hijo del director de orquesta Ataulfo
Argenta.
Fueron pues, para mí, años de
descubrimientos musicales en medio de apuntes de Química Orgánica y prácticas
de Microbiología. Descubrimientos como el de aquel monumental Passacaglia y fuga de
don Johann Sebastian, con su nota continua de pedal y sus veintitantas
variaciones que me servían de fondo musical durante el estudio de los ataques
nucleofílicos sobre la inerme molécula del benceno.
Y también recuerdo aquellos
tiempos de Semana Santa en que Fernando y Araceli nos comentaban, mientras
merendábamos monas con huevo, los solos introductorios del oboe
d'amore en aquellas arias de las Pasiones, la de San
Juan y la de San Mateo,
¿Seguirán los jóvenes de ahora
interesándose por el diálogo que se entabla entre los cuatro
instrumentos solistas del 2° concierto de Brandeburgo del genio de Eisenach? No
se me olvida tampoco aquel cassette adquirido en Ritmo, donde lo escuché por
primera vez y que me marcó los gustos musicales.
(Ahí estaban, en trepidante
conversación, el violín, el oboe, la flauta de pico y la trompeta barroca, ésta
última dominando siempre la escena, cerrando los periodos musicales y
proponiendo frases nuevas. Y de fondo, sin parar, el acompañamiento y el bajo
continuo, como si llevaran encima varios cafés cargados y sin azúcar. Todo es
contrapunto en estado puro y por eso nos parece a veces la anarquía total, cada
uno por su lado tocando melodías diferentes, pero siempre, por supuesto,
armónicas entre sí.
Precisamente una grabación
del primer movimiento de esta obra, con Karl Richter al clave y dirigiendo a la
vez a la Orquesta Bach de Múnich, va en un disco de oro que transporta la
sonda espacial Voyager 1. Este microsurco, junto con saludos en más de 50
idiomas y diversos sonidos de la Tierra, contiene una serie de grabaciones
musicales, entre ellas el Allegro primero de este concierto. La sonda Voyager 1
despegó de Cabo Cañaveral el 5 de septiembre de 1977 y vuela a 17 kilómetros
por segundo. Ha llegado recientemente a los límites del Sistema Solar y está
adentrándose en el espacio interestelar. A esa velocidad tardará unos 40.000
años en llegar a las inmediaciones de la estrella más cercana a la Tierra. Si
hubiera algún tipo de vida inteligente por esos andurriales y pudiera escuchar
ese disco, volvería a sonar otra vez, bastante lejos de aquí y dentro de
muchísimo tiempo, ese 2º Concierto de Brandenburgo.)
Hace ya bastantes veranos, en un hotel de
Los Alcázares y junto a mi primo Antonio García Melgares, asistí a la
realización, abierta al público, de uno de aquellos programas radiofónicos.
Descubrimos a un Fernando Argenta en estado puro. En esa ocasión no venía
Araceli. Fue un rato de divulgación musical envuelta en humor, con comentarios
joviales sobre obras muy serias y descubrimientos de curiosidades ocultas que
explicaban la génesis de algunas de aquellas composiciones. Fue conocer de primera
mano los entresijos de aquellas emisiones que tanto hicieron por la música culta.
Se echan de menos.
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Fernando Argenta.
Gracias a él, muchos de nosotros nos iniciamos en la música clásica. Yo lo escuché durante muchísimos años. Lo que a primera vista parecía un auténtico ladrillo se convertía, tras escuchar su programa Los clásicos populares, en la cosa más interesante (y hasta divertida, llegado el caso). Se refería a J.S. Bach como el "Viejo pelucas". Las descripciones de las composiciones y las piezas que programaba las hacía con un desparpajo y un humor tal que parecía que estabas tomándote unas cañas en la barra de un bar y jugando a los chinos. Le quitaba la absurda solemnidad al hecho de asistir a un concierto para escuchar, por ejemplo, La pasión según San Mateo de Bach. Pero sabía como nadie qué significado tenía cada nota de la obra. Estuvo treinta y dos años en antena. Se había prejubilado hace ya varios. Formó un tándem magnífico con una locutora muy maja y muy simpática llamada Araceli (no recuerdo su apellido). Era hijo de un director de orquesta genial, Ataulfo Argenta. (Si éste último fuera de otro país seguro que estaría mucho más valorado y sería más mediático, sería un Karajan o un Berstein...). Un primo mío y yo asistimos hace ya bastantes veranos a la realización de uno de sus programas radiofónicos desde un hotel de Los Alcázares, playa del Mar Menor murciano. Pasamos un rato inolvidable. Demostró que era un tipo auténtico. Muy buena gente.
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