sábado, 4 de abril de 2026

89- Clásicos populares

 89- Clásicos populares

  Tema y contratema en perpetuo diálogo de notas torrenciales, persiguiéndose, acercándose y alejándose entre sí, jugando a entrelazarse mediante un contrapunto salvaje que se desboca en varias voces. Imprescindible un virtuosismo como el de Martha Argerich, por ejemplo, para mantener en pie este prodigio del genio del Eisenach.

Son músicas que uno escuchaba de joven tras las revelaciones de Fernando Argenta y Araceli González Campa en Clásicos Populares, aquel programa radiofónico donde se nos hablaba del Viejo Pelucas y de sus fugas llenas de álgebra y combinaciones imposibles. Una época de mi vida en que sin acceso a nube digital alguna tenía que recurrir a las grabaciones de la Deutsch- Grammophon para llegar a esos Conciertos de Brandeburgo que interpretaba Karl Richter con la nada historicista (eso vendría años después) Orquesta Bach de Múnich. 

Fernando Argenta, por cierto, merece aquí una mención especial. Yo lo escuché durante muchísimos años y gracias a él algunos de nosotros nos iniciamos en la música clásica. Lo que a primera vista parecía un auténtico ladrillo se convertía, tras escuchar su programa Los clásicos populares, en la cosa más interesante, y hasta divertida, del mundo. Ya he dicho que se refería a J.S. Bach como el Viejo pelucas. Las descripciones de las composiciones que programaba las hacía con tal desparpajo y  humor  que parecía que estaba tomándose unas cañas en la barra del bar y jugando a los chinos. Le quitaba la absurda solemnidad al hecho de asistir a un concierto para escuchar, por ejemplo, La pasión según San Mateo. Pero sabía qué significado tenía cada pasaje de la obra y lo divulgaba como nadie. Estuvo treinta y dos años en antena formando pareja con una locutora muy simpática, la citada Araceli González Campa. Era hijo del director de orquesta Ataulfo Argenta. 

Fueron pues, para mí, años de descubrimientos musicales en medio de apuntes de Química Orgánica y prácticas de Microbiología. Descubrimientos como el de aquel monumental Passacaglia y fuga de don Johann Sebastian, con su nota continua de pedal y sus veintitantas variaciones que me servían de fondo musical durante el estudio de los ataques nucleofílicos sobre la inerme molécula del benceno. 

Y también recuerdo aquellos tiempos de Semana Santa en que Fernando y Araceli nos comentaban, mientras merendábamos monas con huevo, los solos introductorios del oboe d'amore en aquellas arias de las Pasiones, la de San Juan y la de San Mateo,  

¿Seguirán los jóvenes de ahora interesándose por el diálogo que se entabla entre los cuatro instrumentos solistas del 2° concierto de Brandeburgo del genio de Eisenach? No se me olvida tampoco aquel cassette adquirido en Ritmo, donde lo escuché por primera vez y que me marcó los gustos musicales. 

(Ahí estaban, en trepidante conversación, el violín, el oboe, la flauta de pico y la trompeta barroca, ésta última dominando siempre la escena, cerrando los periodos musicales y proponiendo frases nuevas. Y de fondo, sin parar, el acompañamiento y el bajo continuo, como si llevaran encima varios cafés cargados y sin azúcar. Todo es contrapunto en estado puro y por eso nos parece a veces la anarquía total, cada uno por su lado tocando melodías diferentes, pero siempre, por supuesto, armónicas entre sí. 

 Precisamente una grabación del primer movimiento de esta obra, con Karl Richter al clave y dirigiendo a la vez a la Orquesta Bach de Múnich,  va en un disco de oro que transporta la sonda espacial Voyager 1. Este microsurco, junto con saludos en más de 50 idiomas y diversos sonidos de la Tierra, contiene una serie de grabaciones musicales, entre ellas el Allegro primero de este concierto. La sonda Voyager 1 despegó de Cabo Cañaveral el 5 de septiembre de 1977 y vuela a 17 kilómetros por segundo. Ha llegado recientemente a los límites del Sistema Solar y está adentrándose en el espacio interestelar. A esa velocidad tardará unos 40.000 años en llegar a las inmediaciones de la estrella más cercana a la Tierra. Si hubiera algún tipo de vida inteligente por esos andurriales y pudiera escuchar ese disco, volvería a sonar otra vez, bastante lejos de aquí y dentro de muchísimo tiempo, ese 2º Concierto de Brandenburgo.)

 Hace ya bastantes veranos, en un hotel de Los Alcázares y junto a mi primo Antonio García Melgares, asistí a la realización, abierta al público, de uno de aquellos programas radiofónicos. Descubrimos a un Fernando Argenta en estado puro. En esa ocasión no venía Araceli. Fue un rato de divulgación musical envuelta en humor, con comentarios joviales sobre obras muy serias y descubrimientos de curiosidades ocultas que explicaban la génesis de algunas de aquellas composiciones. Fue conocer de primera mano los entresijos de aquellas emisiones que tanto hicieron por la música culta. Se echan de menos.

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Fernando Argenta.

  Gracias a él, muchos de nosotros nos iniciamos en la música clásica. Yo lo escuché durante muchísimos años. Lo que a primera vista parecía un auténtico ladrillo se convertía, tras escuchar su programa Los clásicos populares, en la cosa más interesante (y hasta divertida, llegado el caso). Se refería a J.S. Bach como el "Viejo pelucas". Las descripciones de las composiciones y las piezas que programaba las hacía con un desparpajo y un humor tal que parecía que estabas tomándote unas cañas en la barra de un bar y jugando a los chinos. Le quitaba la absurda solemnidad al hecho de asistir a un concierto para escuchar, por ejemplo, La pasión según San Mateo de Bach. Pero sabía como nadie qué significado tenía cada nota de la obra. Estuvo treinta y dos años en antena. Se había prejubilado hace ya varios. Formó un tándem magnífico con una locutora muy maja y muy simpática llamada Araceli (no recuerdo su apellido). Era hijo de un director de orquesta genial, Ataulfo Argenta. (Si éste último fuera de otro país seguro que estaría mucho más valorado y sería más mediático, sería un Karajan o un Berstein...). Un primo mío y yo asistimos hace ya bastantes veranos a la realización de uno de sus programas radiofónicos desde un hotel de Los Alcázares, playa del Mar Menor murciano. Pasamos un rato inolvidable. Demostró que era un tipo auténtico. Muy buena gente.

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