88- Aquel verano
La
iglesia estaba a medio construir y en ella, entre ladrillos y hormigón, don
Antonio Roda, sacerdote llegado de Orihuela, decía misas turnándose con don
Arturo, canónigo de la catedral de Murcia y avezado jugador de dominó en las
sobremesas veraniegas. Los poderes públicos de la época ya habían descubierto
el filón del turismo y el mito de las suecas circulaba entre las mentes más
calenturientas. De ahí que don Antonio, cuando recorría las calles después de
la siesta llamando a los niños a la catequesis con un megáfono proclamara de
vez en cuando: "Señor, en otras playas te ofenden y en ésta te
reparamos". No creo que el Ministerio de Información y Turismo se diera
por aludido
A
media tarde, el escultor don José Sánchez Lozano, grave y austero, salía del
caserón Buenos Aires, junto al acantilado de la playa de los Jesuitas, para dar
su paseo vespertino.
Faltaba
ya poco para que el laborioso Evaristo aterrizara para montar en la plaza del
pueblo su comercio, desde el que marcó toda una época. El Estanco, con Pepe y
Maruchi, ponía un punto entrañable en la calle que iba desde la Rambla hasta el
viejo cuartel de la Guardia Civil. Enfrente, en el bar Mónaco, habia un
tocadiscos de monedas y un televisor que en las siestas de julio retransmitía
las gestas de Eddy Merckx. Y los Beatles aún no se habían separado
[Antes
de seguir adelante conviene hacer un inciso: considero que, aunque
administrativamente pertenezca a Alicante, la Torre de la Horadada es una
salida natural de Murcia al mar. Durante décadas, toda la sociología de este
enclave costero ha girado en torno a los murcianos. Salvo algunos pocos
madrileños enamorados del lugar, la población flotante de los veranos era
inequívocamente pimentonera. ]
Por
lo demás, en aquellos veranos, las calles, polvorientas, sin asfaltar, eran el
reino de las orbeas y las beaches. Sin alumbrado público, las noches nos
deparaban un observatorio astronómico privilegiado a la orilla del mar, con
cielos estrellados que se nos caían encima y que no conocerán ya las
generaciones venideras.
A
la hora del baño nos lavábamos la cabeza en el agua con champú Edelmira, ese
pequeño tarro verde con tapón blanco. Por todo protector solar utilizábamos Nivea.
La
siesta concluía técnicamente cuando alguna mujer comenzaba a rociar a mano la
calle con un cubo de agua. A la vez, ese momento solía coincidir con la llegada
del confitero ambulante, con las palmeras, los palos catalanes y las
mediaslunas dentro de una pequeña cámara acristalada adosada a una
bicicleta.
El
lugar estaba lleno de solares desiertos donde emulábamos después de la merienda
a Pirri, Amancio, Iríbar, Rifé o Sadurní. Por cierto, aún recuerdo el pique del
padre de aquel amigo madrileño cuando el Barça ganó la "final de las
botellas".
Casi
todo el mundo se conocía en esa época en La Torre de la Horadada. Allí estaban
los Guillamón, los López Matencio, los López Bernal, los López Dávalos, los
Botija, los Fontes (esa familia encantadora que venía todos los veranos desde
Sevilla), los Rodríguez de Miguel, (con José Víctor ejerciendo de hermano
mayor, retirado prematuramente como futbolista por un problema cardíaco, aunque
luego triunfaría ampliamente como entrenador), los Forcén, los Pujalte y otros
que me dejo en el tintero.
Son
muchos los recuerdos y podríamos seguir por tiempo ilimitado con ellos,
auténticos lugares comunes ya repetidos muchas veces. Las verbenas, el cine de
verano, las excursiones a Río Seco ("ahora que vamos despacio, vamos a
contar mentiras...") mientras bordeábamos las eras llenas de ñoras y
pimientos esparcidos secándose al sol, los bailes inocentes tirando de
picú...
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