sábado, 4 de abril de 2026

88- Aquel verano

 88- Aquel verano

 Carmelo el Pescador remendaba redes en el embarcadero antes de salir a la mar, ya de madrugada, para echar el trasmallo, un arte de pesca del que era un auténtico maestro. Mientras, Domingo se enseñoreaba del sector hostelero desde la terraza del Tablitas. Alto y enérgico, con su bigote a lo Gilbert Roland, surtía de paellas a los veraneantes con una consumada pericia. 

La iglesia estaba a medio construir y en ella, entre ladrillos y hormigón, don Antonio Roda, sacerdote llegado de Orihuela, decía misas turnándose con don Arturo, canónigo de la catedral de Murcia y avezado jugador de dominó en las sobremesas veraniegas. Los poderes públicos de la época ya habían descubierto el filón del turismo y el mito de las suecas circulaba entre las mentes más calenturientas. De ahí que don Antonio, cuando recorría las calles después de la siesta llamando a los niños a la catequesis con un megáfono proclamara de vez en cuando: "Señor, en otras playas te ofenden y en ésta te reparamos". No creo que el Ministerio de Información y Turismo se diera por aludido

A media tarde, el escultor don José Sánchez Lozano, grave y austero, salía del caserón Buenos Aires, junto al acantilado de la playa de los Jesuitas, para dar su paseo vespertino. 

Faltaba ya poco para que el laborioso Evaristo aterrizara para montar en la plaza del pueblo su comercio, desde el que marcó toda una época. El Estanco, con Pepe y Maruchi, ponía un punto entrañable en la calle que iba desde la Rambla hasta el viejo cuartel de la Guardia Civil. Enfrente, en el bar Mónaco, habia un tocadiscos de monedas y un televisor que en las siestas de julio retransmitía las gestas de Eddy Merckx. Y los Beatles aún no se habían separado   

[Antes de seguir adelante conviene hacer un inciso: considero que, aunque administrativamente pertenezca a Alicante, la Torre de la Horadada es una salida natural de Murcia al mar. Durante décadas, toda la sociología de este enclave costero ha girado en torno a los murcianos. Salvo algunos pocos madrileños enamorados del lugar, la población flotante de los veranos era inequívocamente pimentonera. ]

Por lo demás, en aquellos veranos, las calles, polvorientas, sin asfaltar, eran el reino de las orbeas y las beaches. Sin alumbrado público, las noches nos deparaban un observatorio astronómico privilegiado a la orilla del mar, con cielos estrellados que se nos caían encima y que no conocerán ya las generaciones venideras. 

A la hora del baño nos lavábamos la cabeza en el agua con champú Edelmira, ese pequeño tarro verde con tapón blanco. Por todo protector solar utilizábamos Nivea. 

La siesta concluía técnicamente cuando alguna mujer comenzaba a rociar a mano la calle con un cubo de agua. A la vez, ese momento solía coincidir con la llegada del confitero ambulante, con las palmeras, los palos catalanes y las mediaslunas dentro de una pequeña cámara acristalada adosada a una bicicleta. 

El lugar estaba lleno de solares desiertos donde emulábamos después de la merienda a Pirri, Amancio, Iríbar, Rifé o Sadurní. Por cierto, aún recuerdo el pique del padre de aquel amigo madrileño cuando el Barça ganó la "final de las botellas". 

Casi todo el mundo se conocía en esa época en La Torre de la Horadada. Allí estaban los Guillamón, los López Matencio, los López Bernal, los López Dávalos, los Botija, los Fontes (esa familia encantadora que venía todos los veranos desde Sevilla), los Rodríguez de Miguel, (con José Víctor ejerciendo de hermano mayor, retirado prematuramente como futbolista por un problema cardíaco, aunque luego triunfaría ampliamente como entrenador), los Forcén, los Pujalte y otros que me dejo en el tintero.

Son muchos los recuerdos y podríamos seguir por tiempo ilimitado con ellos, auténticos lugares comunes ya repetidos muchas veces. Las verbenas, el cine de verano, las excursiones a Río Seco ("ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras...") mientras bordeábamos las eras llenas de ñoras y pimientos esparcidos secándose al sol, los bailes inocentes tirando de picú... 

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