viernes, 16 de enero de 2026

19- ¡Interno en Campillo!

 19- ¡Interno en Campillo!

 Ha cambiado mucho lo referente a la disciplina escolar desde los años de nuestra niñez. Sin caer en tópicos, hay que reconocer que la relación jerárquica maestro-alumnado se caracterizaba entonces por una verticalidad desconocida actualmente y las interacciones entre profesores y estudiantes estaban regladas de tal manera que la buena conducta era un valor innegociable. Su cumplimiento se apuntalaba mediante una fuerte carga disciplinaria. 

 Cosas que posiblemente hoy acabarían con la comparecencia de algún que otro docente ante un juzgado de guardia por maltrato físico a un menor se consideraban normales y hasta se aplaudían como método infalible para meter en cintura a los escolares más díscolos. Salvo en el caso de algún profesor apocado al que se le desmadraban de vez en cuando los alumnos, las aulas solían ser una balsa de aceite, al margen de las inevitables travesuras infantiles. La tarima, las chascas, los reglazos, todos esos elementos disuasorios nos recordaban un universo escolar obsesionado por la aplicación y la buena conducta.

 A pesar de todo, siempre había algún "enfant terrible" refractario al orden y a la disciplina. Esos rebeldes, que frecuentaban los billares en horas lectivas (los Segura y los Fontes entre otros), suspendían metódicamente y eran pillados in fraganti con mucha frecuencia, eran las ovejas negras de los rebaños que se apacentaban en las aulas. Algunos tenían talento de sobra para hacerse de un brillante expediente académico pero sus mejores cualidades las empleaban en ir contracorriente. 

 Al llegar a ese extremo, los atribulados padres solían agitar a veces la amenaza de un internado en el legendario colegio de San José de Campillos, en la provincia de Málaga. Así, cuando se acumulaban los suspensos y la práctica de los novillos se hacía habitual, el progenitor recordaba al desaplicado vástago el futuro que le esperaba si no cambiaba de actitud.  

-Como sigas por ese camino, ¡este verano y el curso que viene, interno en Campillo! (sic)

Pero la mayoría de las veces se trataba de admoniciones retóricas que no se llevaban a cabo. Estamos hablando de un centro al que solo podían acceder familias con un cierto poder adquisitivo. Hasta hijos de prohombres de las altas esferas políticas pasaron por allí, incluso algunos procedentes de la aristocracia. 

Ese centro gozaba de una fama de régimen cuartelario capaz de sacar punta al más descarriado de los colegiales. Una especie de reformatorio donde enderezar a los discentes torcidos en un pueblo de Málaga rodeado de granjas muy cercanas, con unas instalaciones sobrias y austeras, grandes aulas, urinarios con un intenso olor a zotal y algún techado de uralita en el patio del recreo para proteger del inclemente sol de los veranos. En su mejor momento llegó a albergar a dos mil alumnos. 

Este colegio, auténtico motor económico de la zona en su época, ha cerrado recientemente después de una larga decadencia. Era un producto propio de un tiempo muy concreto, con paradigmas cada vez más alejados de los actuales. Todo tiene su momento y el de estas míticas instalaciones pasó ya sin retorno. 

Los escolares de ahora, que ocupan sus horas ante las pantallas y transitan por las redes sociales, ya no escuchan "¡Este verano, interno en Campillo!"

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