19- ¡Interno en Campillo!
Cosas que posiblemente hoy acabarían con la
comparecencia de algún que otro docente ante un juzgado de guardia por maltrato
físico a un menor se consideraban normales y hasta se aplaudían como método
infalible para meter en cintura a los escolares más díscolos. Salvo en el caso
de algún profesor apocado al que se le desmadraban de vez en cuando los
alumnos, las aulas solían ser una balsa de aceite, al margen de las inevitables
travesuras infantiles. La tarima, las chascas, los reglazos, todos esos elementos
disuasorios nos recordaban un universo escolar obsesionado por la aplicación y
la buena conducta.
A pesar de todo, siempre había algún
"enfant terrible" refractario al orden y a la disciplina. Esos
rebeldes, que frecuentaban los billares en horas lectivas (los Segura y los
Fontes entre otros), suspendían metódicamente y eran pillados in fraganti con
mucha frecuencia, eran las ovejas negras de los rebaños que se apacentaban en
las aulas. Algunos tenían talento de sobra para hacerse de un brillante
expediente académico pero sus mejores cualidades las empleaban en ir
contracorriente.
Al llegar a ese extremo, los atribulados
padres solían agitar a veces la amenaza de un internado en el legendario
colegio de San José de Campillos, en la provincia de Málaga. Así, cuando se
acumulaban los suspensos y la práctica de los novillos se hacía habitual, el
progenitor recordaba al desaplicado vástago el futuro que le esperaba si no
cambiaba de actitud.
-Como
sigas por ese camino, ¡este verano y el curso que viene, interno en Campillo!
(sic)
Pero
la mayoría de las veces se trataba de admoniciones retóricas que no se llevaban
a cabo. Estamos hablando de un centro al que solo podían acceder familias con
un cierto poder adquisitivo. Hasta hijos de prohombres de las altas esferas
políticas pasaron por allí, incluso algunos procedentes de la
aristocracia.
Ese
centro gozaba de una fama de régimen cuartelario capaz de sacar punta al más
descarriado de los colegiales. Una especie de reformatorio donde enderezar a
los discentes torcidos en un pueblo de Málaga rodeado de granjas muy cercanas,
con unas instalaciones sobrias y austeras, grandes aulas, urinarios con un
intenso olor a zotal y algún techado de uralita en el patio del recreo para
proteger del inclemente sol de los veranos. En su mejor momento llegó a
albergar a dos mil alumnos.
Este
colegio, auténtico motor económico de la zona en su época, ha cerrado
recientemente después de una larga decadencia. Era un producto propio de un
tiempo muy concreto, con paradigmas cada vez más alejados de los actuales. Todo
tiene su momento y el de estas míticas instalaciones pasó ya sin retorno.
Los
escolares de ahora, que ocupan sus horas ante las pantallas y transitan por las
redes sociales, ya no escuchan "¡Este verano, interno en Campillo!"
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