20- La tabla de logaritmos y las cuentas de los antiguos tenderos de ultramarinos
Había que imaginar las dificultades que se daban a la hora de hacer problemas aritméticos sin la ayuda de estos aparatos. También hay que reconocer que la mente se ejercitaba mucho más, con el resultado de una agilidad para el cálculo difícilmente alcanzable actualmente. Yo, que soy de ciencias, hace muchísimos años que no hago raíces cuadradas y es muy posible que me haya olvidado por completo de cómo se realiza esta operación con papel y bolígrafo, de forma artesanal. En esa época la resolvía sin dificultad, sin necesidad de ingenios electrónicos.
Hablando
de facilidad para manejar cifras, volvamos la vista hacia las viejas tiendas de ultramarinos. Allí era muy típica la figura del tendero con un lápiz ya bastante gastado apoyado
en la oreja y un trozo de papel de estraza, de los de envolver el género, como
elementos de cálculo a la hora de sacar las cuentas de las compras de los parroquianos. Qué rapidez a la hora de sumar largas retahílas de números. No solía
equivocarse, aunque algunos decían que su infalibilidad, si se quebraba no daba, por cierto, error a favor del cliente. La gente es muy mal pensada.
Estoy hablando de escenas teñidas de color sepia, de tan lejanas que parecerán a los jóvenes de ahora, con métodos ciertamente anacrónicos para resolver operaciones aritméticas. Como los que usábamos en clase para calcular el logaritmo de cualquier número. Aquí cabe hacer mención de un libro inseparable de cualquier estudiante de Matemáticas de los últimos cursos del bachillerato de entonces. Me refiero a la Tabla de logaritmos. Pasa el tiempo y cambian las costumbres. Yo llegué a manejar en su momento esta herramienta, de indudable apariencia vintage, cuando había que calcular el exponente al que había que elevar una base (de 10 en este caso) para obtener el número en cuestión. Se trataba de un volumen titulado así, textualmente:
Abundando más en las descripciones, hay que decir que dicha obra, elaborada por D. Vicente Vázquez Queipo, fue, según se nos indica en su portada, “declarada de texto por el Consejo de Instrucción Pública y premiada en la Exposición Universal de París de 1867 y con Medalla de Plata en Universal de Barcelona de 1888”.
También se consigna que Librería y Casa Editorial Hernando, S.A. (Fundada en 1828), Calle Arenal, 11 y Ferraz, 11 es la responsable de esta 45ª edición que tengo ahora entre mis manos, concretamente la del año 1974. Ya por aquel tiempo comenzaba a generalizarse el uso de las calculadoras, aunque aún se resistía a caer en desuso la tabla de logaritmos.
Hoy en día valoro este libro como el vestigio de una época en la que, en una España atrasada y alejada paulatinamente del progreso europeo, había gente que perseveraba en la ciencia y en sus aplicaciones. En un país donde alguna de sus mentes más lúcidas incluso había llegado a decir: "Que inventen ellos". Un país, sin embargo, de sabios decimonónicos y tenderos de ultramarinos de endiablada rapidez mental, capaces de trazarte con un lápiz gastado y papel de estraza, si se lo proponían, hasta una curva logarítmica.
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