48-Yo quería ser futbolista
(Foto: Mayo del 74- Último partido en el colegio antes de terminar los estudios. Jugué de medio volante, el segundo por la derecha en la fila de pie)
Cuando de pequeño me hacían la típica pregunta
"Nene, ¿Qué quieres ser de mayor?", yo ponía cara de póker e
improvisaba cualquier respuesta según la inspiración del momento. Arquitecto. O ingeniero. O técnico en encofrados para la inserción de plataformas petrolíferas
en el Atlántico Norte... Daba igual, el futuro quedaba muy lejos y nadie me iba a pedir cuentas, años después, de esos propósitos infantiles
Pero
en realidad, a pesar de que no lo dijera, yo tenía la íntima convicción de que
mi futuro estaba en el fútbol. Yo ansiaba ser futbolista. Desde que tengo uso de razón me veo pegando
pelotazos por los descampados, jugando partidos en la playa, chutándole a
alguien que previamente hubiera improvisado una portería con dos piedras...
Durante la niñez las siestas veraniegas consistían en la lectura de tebeos del Capitán Trueno en la penumbra de la habitación de la casa de la playa, a la espera de que pasara el vendedor de palmeras, mediaslunas y palos catalanes, esa era la señal de que oficialmente comenzaba la tarde. Las mujeres rociaban entonces de agua con un balde la polvorienta calle y podíamos salir de estampida hacia cualquier solar de aquella playa semisalvaje a pegar balonazos.
Con 8 o 9 años me compraron en el Bazar Murciano una indumentaria de portero, a saber, jersey negro con una V de color naranja en el pectoral, pantalón azul, medias negras con vueltas rojas y rodilleras. Estas últimas eran muy usuales entre los guardametas de aquel tiempo, con esos terrenos de juego que no eran precisamente verdes alfombras como ahora, sobre todo en el área pequeña que solía estar pelada. Así equipado, la mentalización era máxima y no me importaba tirarme al suelo, en aquellos campos duros de tierra, haciendo estiradas o palomitas para detener algún balón muy esquinado. Ya me veía como el sucesor de Iríbar.
Pero dos o tres años después decidí que lo mío era jugar de delantero. Extremo derecho. A tal efecto, nueva visita al Bazar Murciano, esta vez para comprar una camiseta del Real Madrid con el número 7. Una camiseta como las de antes, con solo el escudo del club sobre el blanco integral de la misma. Entonces no había merchandising y las equipaciones eran invariables año tras año. En mi familia mi padre nos había inculcado el madridismo a ultranza y así lo recuerdo desde que tengo uso de razón, por lo que dicha elección no tenía vuelta de hoja. El futuro pues, con 12 0 13 años, pasaba por correr la banda, no ya en la Condomina, que se quedaba pequeña para las aspiraciones de aquel crío que se tiraba las tardes del verano dándole patadas a un balón. sino en el Bernabéu.
Ya digo, yo pensaba entonces que mucho se tenían que torcer las cosas para no terminar jugando en el Real Madrid, emulando a los Amancio, Pirri y otros superclases del momento. Para mí, el destino solo contemplaba esa posibilidad, imaginarme en la verde pradera del estadio regateando, colocando el balón por la escuadra de la portería rival, zafándome por piernas del defensor y cruzándosela al guardameta por el lado contrario entre el estallido del público. Todo eso era la plenitud.
Luego pasó el tiempo, los sueños infantiles se fueron amoldando al realismo que imponen los años y ese futuro tan fantasioso imaginado en el Bernabéu quedó reducido a los muy divertidos partidos que jugué en la arena junto al mar, poco antes del baño. De hecho puedo proclamar sin ningún atisbo de vanidad que formé parte del equipo ganador del primer trofeo de fútbol-playa celebrado en la Torre de la Horadada, allá por los años 80. En ese momento no lo cambiaba por la Copa de Europa.
Luego, la adolescencia pasó, los años pusieron las cosas en su sitio y esos sueños infantiles se quedaron en eso, en prometedores sueños que nunca se realizaron.
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