49- SE FUMABA. Y MUCHO
El
profesor de Física del bachillerato, cuando terminaba de llenar la pizarra de
ecuaciones referentes a la velocidad angular o a los momentos de inercia, se
apoyaba cachazudamente en la mesa, subido en la tarima, y se encendía un
ducados con auténtica delectación. Mientras expulsaba una gran vaharada de humo
por la boca, no podía disimular una evidente sensación de bienestar. Ese
cigarrillo, después del calentamiento de cabeza con tanta velocidad angular y
tanto momento de inercia, parecía que le devolvía a su ser. Después de echar
ese vale volvía a la carga con los newtons y los kilopondios. Era invierno y
las ventanas estaban cerradas.
Pero
es que, en casa, los padres de familia fumaban en el también sellado salón, en
la cocina, en el baño o en el pasillo. Y se hacía de forma inocente, porque no
había conciencia de que eso supusiera un perjuicio de la magnitud que ahora se
considera. Eran otros tiempos y se fumaba mucho. Yo recuerdo viajes en autobús
en los que te podía tocar un compañero de asiento que se encendía varios
pitillos en el trayecto, en la época en que no había zona específica de
fumadores, ya que estaba permitido fumar en todo el interior del
vehículo. Todavía recuerdo los ceniceros adosados a la espalda de los asientos.
Se
fomentaba mucho el consumo de tabaco desde muchos ámbitos. Los no fumadores
eran minoría y, en algunos ambientes, una rareza. Había anuncios en que los
fumadores daban una imagen apuesta y segura, con actitudes ante la vida
ejemplares y a imitar. ¿Cómo olvidarnos de la publicidad de Marlboro en la gran
pantalla, con esos vaqueros resueltos, cabalgando por inmensas llanuras con ese
fondo musical que parecía la banda sonora de una epopeya? El tabaco asociado a
la épica del Imperio.
Y
era toda una declaración de principios personales, de afianzamiento y de
estilo, el modo en que Humphrey Bogart daba una calada al cigarrillo,
entornando los ojos con una expresión propia del hombre que se ha hecho
invulnerable a los embates de la vida, porque ya lo ha dado todo por perdido y
no espera nada.
Y
es que tener un cigarrillo entre los dedos de manera elegante y asentada te
daba una prestancia y una imagen de control de las situaciones nada desdeñable.
Te sentías más interesante, más reivindicado ante el mundo.
Era
un elemento fundamental también a la hora de ligar. Mirar a la muchacha con
ojos de cordero degollado tenía un plus añadido si exhalabas el humo lentamente
y con displicencia. Y la soledad la llevabas mejor haciendo volutas grises que
ascendían al techo de tu habitación mientras, tumbado en la cama, meditabas
sobre el sentido de tu vida. O sobre la conveniencia de estudiar Química
Orgánica solo, en tu cuarto, o en la Biblioteca de la Facultad, donde solía ir
una compañera tuya muy guapa y con mejores apuntes que los tuyos.
Ya
digo, se fumaba en todos los sitios. En las aulas de la facultad el humo se
adensaba clase a clase. El rito consistía en tomar posesión de tu asiento,
sacar los folios, el bolígrafo, el paquete de tabaco y el encendedor. Mientras
el profesor comenzaba a impartir su disciplina te encendías el primero de los
dos o tres pitillos que caerían hasta la hora siguiente. Cuando el bedel abría
la puerta para avisar del final de la clase, se encontraba con una niebla que
apenas permitía ver.
En
bares, restaurantes, tiendas, oficinas, salas de espera... en cualquier
dependencia cerrada, privada o pública se fumaba sin cortapisas. Únicamente en
el interior de las iglesias cesaban las inhalaciones y exhalaciones de humo.
Pero cuando terminaban las misas, a los varones les faltaba tiempo para salir
al pórtico del templo para encenderse un cigarrillo y calmar el mono de estar
aguantando una larga homilía sin sentir cómo aumentaba el brillo de la brasa
tras una profunda calada.
Al
principio, fumar era cosa más bien masculina. Recuerdo el tiempo en que se
consideraba toda una modernidad ver fumar a una mujer. Las chicas que se
iniciaban en la práctica del tabaquismo solían consumir rubio, LM, Winston,
Fortuna o Marlboro y muy minoritariamente Camel, cuando la mayoría de los
hombres fumaban negro. De esta última labor había muchísimas marcas. Ducados,
Celtas, Ideales, Vencedor, Rex, Sombra, Bonanza, Mencey, Coronas, Habanos,
Kaiser, ... había donde elegir. Luego, mucho más tarde, casi todo el mundo se
pasaría al rubio.
El
tabaco también se podía rodear de una serie de rituales que le daban un estatus
muy sofisticado. Selectas pitilleras, elegantes boquillas, lujosos y caros
encendedores... todo un despliegue de liturgias sociales acompañaba al acto de
llenarse de humo los pulmones. Era también un socorrido medio de romper el
hielo en situaciones tensas entre desconocidos. La imagen de alguien ofreciendo
un cigarrillo de su paquete de tabaco al vecino de ascensor o de sala de espera
y el consiguiente acto de ofrecer fuego cortésmente con el propio encendedor
constituían una estampa social muy recurrente.
Pero
los tiempos han cambiado. Cada vez hay más conciencia de lo insano que es
acumular alquitrán en los alvéolos de los pulmones. Y de lo injusto que es
llenar de humo los bronquios de quien no fuma pero está cerca de un
fumador.
Además,
las administraciones públicas reparan en que el dinero recaudado por los
impuestos al tabaco no consigue compensar el enorme gasto sanitario derivado de
los problemas de salud que éste provoca. Ya no es chic fumar.
Yo
no fumo desde hace muchísimos años, ni tengo ningún interés en volver a
hacerlo. Pero todavía recuerdo con nostalgia algunos momentos importantes de mi
vida enriquecidos por la fiel compañía del tabaco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario