miércoles, 11 de febrero de 2026

50- Una gabardina en los Zagales

 50- Una gabardina en los Zagales

 Si queremos cultivar un cierto costumbrismo de bares y tascas de aquella época no podemos dejar de hablar de Los Zagales, sitio entrañable donde los haya y por el que tantas generaciones han pasado.

Siempre ha habido circuitos de buena cerveza y excelentes tapas en la capital. Así, tras un bureo por la Plaza de las Flores y aledaños, al cruzar la Gran Vía encontrábamos una excelente continuación de la ruta de las barras de los bares con enjundia. Como Los Zagales.

La impresión que tengo de este local al cabo de las décadas, al cabo de aquellas primeras convidadas de adolescencia con los amigos o con la familia, es la de que entraba en un establecimiento que ya entonces parecía añejo y con solera de muchos años. Descubría un espacio cargado de una historia que nosotros, jóvenes de entonces, intuíamos tras recorrer las paredes llenas de antiguas fotografías de futbolistas de la época de Ricardo Zamora entre otros jugadores legendarios. Esas imágenes nos hablaban de un tiempo arcaico, con esas caras de deportistas que parecían viejos para una edad en que se suponía que jugaban al fútbol. Pero esa prematura vejez en realidad respondía al canon de su época, tan diferente a la que contemplaba nuestra juventud de entonces. 

Una vez inmersos en ese pequeño túnel del tiempo futbolístico, nos esperaban unas espléndidas tapas acompañadas de cañas bien frías. A recordar las gabardinas, uno de los buques insignia de la casa. Y la sangre, junto con más delicatessen de raíces murcianas como el zarangollo y los michirones, además de las logradas patatas con ajo, las empanadillas y la clásica ensaladilla rusa. Y otras que también testaban la calidad de aquel local.

Ahora recuerdo algún anochecer de invierno, ojeando esas imágenes tan vetustas de equipos de fútbol de antes de la guerra, al calor de un vino y buenas tapas en el mostrador, alternando con los amigos de entonces, generalmente compañeros de clase, o con alguna incipiente novia. Locales como ese fueron escenario de nuestros primeros escarceos juveniles, de nuestras primeras salidas sin la custodia familiar cuando todavía no existían las tascas de la zona universitaria.

Sí, yo hablo aquí de Los Zagales de entonces, de aquel establecimiento que recuerdo de mis correrías adolescentes por las calles y los bares de aquella época. Decían los presocráticos que uno no se baña dos veces en el mismo río. Y es así, hace tiempo que no he vuelto por ese local que supongo  seguirá con la excelencia de su buena barra. Pero como muchas de las cosas que salen en este libro, esos sitios, comercios, bares, calles, esos enclaves de aquellos años, solo existen ya en nuestra memoria.


Un local que ya es un clásico de la Murcia de siempre y al que hay que agradecer los muchos años que lleva con nosotros. Forma parte de nuestra historia. 

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