51- La Cosechera. El Mundial de México 70. Hermann Hesse
Allí, entre enormes barriles, serrín que
alfombraba el suelo, ruidosas partidas de dominó protagonizadas por los
pensionistas de aquellos años y entre trenkas y carpetas de los universitarios
que trasegaban unos vinos después de tomar apuntes de Romano, ejercía su
"autoritas" tras la barra el bueno de Lope sirviendo cañas,
carajillos y belmontes y peinando ensaladillas rusas.
Pero
no se trata aquí de hacer la semblanza de la vida ociosa y bohemia de aquella
época. Lo que yo pretendo con este nostálgico y, como tal, estéril artículo, es
rescatar un detalle, más o menos inadvertido para muchos, que formaba parte del
paisaje de fondo de esas escenas protagonizadas por pensionistas, barbudos y
bellas jóvenes con botas camperas y faldas largas, empedernidos fumadores todos
de Ducados.
Me
refiero a un póster a color, pero de un color arcaico, tal vez eastmancolor, de
un equipo de fútbol bajo una leyenda que decía: "Brasil tricampeão do
mundo".
La
imagen tendría pocos años, pero en aquel tiempo ya tenía un aroma “vintage”
(término que aún no se usaba, por supuesto) que le daba un cierto toque
legendario. Allí estaban retratados los héroes de México 70. Escribo estas
líneas sin consultar Google y todavía puedo recitar de memoria la alineación de
aquel equipo mítico: Félix; Carlos Alberto, Brito, Piazza, Everaldo; Gerson,
Clodoaldo; Jair, Tostao, Pelé y Rivelino. (Como veis los más futboleros, lista
transcrita según el esquema táctico de aquellos momentos, un 4-2-4 que dejaba
los centros del campo semivacíos y sin la presión de ahora, como si fuera
balonmano, pero que daba muy buenos espectáculos. Y perdonada sea esta
digresión).
Este
póster era para mí muy evocador. Mientras leía a Hermann Hesse en aquellos
libros publicados por Alianza Editorial, de pronto me veía transportado al
Mundial del 70 que con tanto entusiasmo había seguido unos pocos años antes. (Pocos
años que entonces parecían una eternidad). Y eso, fumando negro y tomando
carajillos en una fría tarde de invierno y creyendo estar de vuelta de todo -en
realidad, de nada- era regresar a aquel verano de la adolescencia en que el
fútbol podía ser una religión, los tebeos aseguraban siestas solventes, por las
tardes te podías declarar a alguna muchacha en el baile que se organizaba en el
patio de algún amigo (y si te daba calabazas era igual, ya te declararías a
otra en el siguiente guateque hasta que cayera alguna) y la vuelta a
clase suponía descubrir a quién correspondía el orgullo de utilizar ya
maquinillas de afeitar con todas las de la ley.
La Cosechera hace años que echó el cierre, en el centro del campo la presión es insoportable y los libros de Hermann Hesse de Alianza Editorial todavía los podemos contemplar en los anaqueles de Diego Marín para recordarnos lo rápido que ha pasado el tiempo.
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